jueves, 25 de junio de 2015

Memoria inquieta, imágenes que vuelven

Por Amado del Pino
Tomado de www.cubacontemporanea.com

Me gusta cuando los amigos me mandan libros. Si uno revisa los afanes literarios de los escritores del siglo XX, la práctica era tal vez más frecuente que ahora. Y no era necesario ni que tuviesen relación personal el remitente y el destinatario.

Hay muchos ejemplos. Por poner uno, la buena fe del entonces joven poeta Nicolás Guillén mandando sus versos a don Miguel de Unamuno. El clásico español leyó, comentó con entusiasmo. Y en las ediciones siguientes de Sóngoro cosongo aparecerían las estimulantes reflexiones que antes habitaron en una carta personal.

A la encantadora colega Adys González de la Rosa le conocía sobre todo como editora. Agradezco a sus ojos y sus manos el primer laboreo con una obra mía después muy publicada: El zapato sucio.

Ahora -con unas líneas que juntaban el entusiasmo y toda la timidez que puede gastarse  conmigo- me hace llegar el libro Osvaldo Dragún, la huella inquieta, editado por el Instituto Nacional de Teatro de Argentina.

Juan José Santillán es coautor del libro y responsable de otros resplandores y certezas en el trabajo y la vida actual de la cubana Adys.

He leído dos veces este texto, ejemplar en cuanto a la conjugación de la memoria personal y la artística. Escribo lo anterior y me siento inexacto. La técnica dramática, la trayectoria como director de escena, gestor y maestro de Dragún no se separan aquí de las relaciones humanas, la sensualidad, la pasión del dramaturgo argentino. El admirable hombre de teatro lo va siendo más en la medida en que uno conoce al Chacho, cercano y palpitante, que fue para sus amigos y colaboradores.

Me percato ahora de lo joven que era el autor de Historias para ser contadas cuando fundó el laboratorio tan  trascendente que fue aquel Seminario de Dramaturgia en La Habana de la arrancada de los sesenta del siglo pasado.

Nunca entablé relación personal con Dragún. El libro me da una pista. El mismo culto por lo vital y el rechazo a la retórica que se gastó el hijo de judíos pobres que hizo del teatro su central utopía, me llevan a veces a preferir la lectura de personas que admiro antes de que a forzar la relación personal.

Sí me llegaron buenas imágenes de su olfato de  colaborador en ficciones ajenas a través de los que fueron sus alumnos en aquel ya mítico Seminario. Sobre todo atesoro el Dragún que admiraba nuestro común amigo José R. Brene, que tenía casi la misma edad de su maestro cuando se bajó de su oficio de marinero para abrazar el arte de las tablas. En el febril trabajo con el profesor y los colegas del  taller, nació una obra de Brene que devendría clásica en la escena cubana: Santa Camila de La Habana Vieja.

Osvaldo Dragún, la huella inquieta abunda -sin abrumar, con amable fluidez- en fotos, documentos, entrevistas, recuerdos. Defiende la memoria de la escena latinoamericana desde uno de sus esenciales protagonistas.

En la zona de los talleres internacionales que organizara el protagonista en La Habana y otras plazas del mundo, se menciona la decisiva labor de la teatróloga  cubana Ileana Diéguez. Recuerdo a  Ileana desde que llegó -unos dos cursos más joven que los de mi grupo- al Instituto Superior de Arte. Nunca se conformó con vencer el programa escolar; estaba en su espíritu el estudiar profundo, emprender, transformar.

Santillán y Adys González de la Rosa terminan su libro ofreciendo dos obras muy poco conocidas del tan estrenado, comentado, citado Osvaldo Dragún. Me parece sabia decisión y completa el sentido de proceso escénico, ensayo por enriquecer, temporada distinta a encarar que inunda estas páginas.

Yo prefiero darle la voz al dramaturgo en una de las precisas pero nada rebuscadas definiciones de su trabajo que anidan en Osvaldo Dragún, la huella inquieta.
Escuchemos a Dragún contestar una pregunta de la también formidable teatrista o teatrera (término que los dos preferirían) de Puerto Rico Rosa Luisa Márquez. Ella le pregunta por la diferencia del hombre de teatro de nuestro continente y el del resto del mundo:
“Pues yo veo una gran diferencia, en el sentido de que el teatrista latinoamericano es un militante cultural y eso lo tiene claro. Es un teatrista que debe fabricar su producto y debe fabricar su público y su lugar de acción”.

martes, 23 de junio de 2015

"Del azafrán al lirio", teatro en formas que perduran

Por Vivian Martínez Tabares
Tomado de www.cubarte.cu

Del azafrán al lirio, la exposición personal de Jesús Ruiz, que recorre su diseño teatral y más, fue inaugurada el pasado 3 de junio en la Galería Raúl Oliva, del Centro Cultural Bertolt Brecht, y permanece abierta con un enorme atractivo para los amantes del teatro y de la belleza de las formas en general.

El título, tomado de un verso de un poema de Emilio Ballagas, resume de manera simpática y a la vez subversiva del sentido que ha asumido comúnmente la frase, para exaltar la condición abarcadora de lo expuesto, que revela la versatilidad del artista. A un año de la muerte de Jesús Ruíz, sus discípulos y colegas de la Galería Raúl Oliva, que es parte del Centro de Estudios del Diseño Escénico, organizaron esta muestra personal como el mejor modo de rendir tributo al diseñador, gestor y animador él mismo por siete años de ambas instituciones especializadas de la escena cubana.

Jesús fue diseñador teatral y danzario por cinco décadas, creó imágenes escenográficas y de vestuario, y concibió títeres de diversas técnicas para muchísimos montajes, a través de la labor con agrupaciones como Teatro Estudio, el Teatro Nacional de Guiñol, el Grupo Jorge Anckermann, el Teatro Juvenil de La Habana, la Compañía Rita Montaner, el Teatro Experimental de Santa Clara y Mephisto Teatro, entre otras. Fue el responsable de crear la más hermosa y adecuada imagen visual para puestas en escena de Vicente Revuelta, Abelardo Estorino, Modesto Centeno, Roberto Fernández, Tony Díaz, Pepe Santos y Fernando Sáez, entre otros.

Su talento plástico también se puso en función de crear para el Ballet Nacional de Cuba y la Ópera Nacional de Cuba. Se adentró en el diseño cinematográfico y así trabajó al lado de Tomás Gutiérrez Alea, en filmes como Una pelea cubana contra los demonios, La última cena y Los sobrevivientes, y en una ocasión con Fernando Birri. Incursionó en la televisión, para la cual creó el universo mágico de una miniserie infantil. Y construyó una notable obra escultórica, que enriqueció objetos utilitarios desde un elevado concepto de lo bello para enaltecer la vida cotidiana.

Con curaduría de Geanny García Delgado y Johana Ruiz, Del azafrán al lirio abarca bocetos de diseño y realizaciones, fotos, maquetas y planos de cada una de esas facetas del gran diseñador, intelectual y humanista que fuera Jesús Ruiz.

Formado en la Escuela de Instructores de Arte en los años 60, luego al lado del magisterio de Rubén Vigón, su carrera de investigación y creación nunca se detuvo. Participó y fue curador de la Cuatrienal de Praga, un evento emblemático del diseño teatral; enseñó y condujo el Departamento de Diseño Escénico en el Instituto Superior de Arte, y sus últimos quince años estuvieron consagrados a la investigación, desde el Centro de Estudios del Diseño Escénico y la Galería Raúl Oliva, para la cual curó y organizó dieciocho exposiciones de gran valor.
La muestra se abre con un panorama fotográfico y de bocetos dedicados a las esculturas, muchas de las cuales se encuentran expuestas en distintas instalaciones turísticas del país y de su natal provincia de Matanzas. Resaltan los trabajos en madera y las formas voluptuosas que recrean referentes del paisaje cubano.

El suelo todo se ha cubierto de un lienzo blanco y dejaremos atrás los zapatos para transitarlo con la limpieza de los trazos del maestro.

Apenas un giro mínimo a la derecha, y de golpe, en la pequeña curva de la entrada de la Galería Raúl Oliva, damos con la mesa de trabajo de Jesús, minimalista, limpia y austera, junto a la cual están colocados, como corresponde, algunos instrumentos del trabajo cotidiano. Una tablilla al frente, al alcance de la vista y de las manos, deja ver tres libros evidentemente manoseados: La Biblia y dos tomos de poesía, uno de Pablo Neruda, y el otro, una compilación de poetas españoles del siglo XX. Sobre ellos, un collage de fotos prodiga al artista rodeado de sus amigos, de notables figuras de la cultura y el arte, de sus discípulos y sus seres queridos.

De ahí en adelante, nos deslumbrará en la pared el recuento exhaustivo de la obra visual de Jesús para los escenarios: una larga lista de trabajos que alcanza los 220 montajes y exposiciones. Y casi al lado, los diseños coloridos y sobrios de los muñecos de Viajemos por el mundo de los cuentos se completan con los títeres que llegaron a ser, cubiertos por la pátina de la faena teatral, al haber sido animados por los artistas. Los bocetos de la puesta del Milanés de Estorino, que ensayara y nunca concluyera Vicente Revuelta, revelan en los tonos sepia la angustia de la creación que atormentó al poeta matancero del XIX, tanto como la del dramaturgo que lo recreó, obsesivamente, y el director que no logró encontrar el modo de no traicionar su vocación experimentalista, fuera de la sala de ensayo.

Seduce la artesanía primorosa del traje en lienzo teñido, tul y caracoles para el personaje de Doña Cristina Moneda en el montaje de Gerardo Fulleda Léon a partir de su obra Provinciana. O la majestad sobrecogedora del atuendo para la Reina Isabel, de Contradanza, de Tony Díaz, en tela negra trabajada con piel de color natural y perlas de diferentes tamaños.

Así mismo fascina la energía y el movimiento contenido en la maqueta del escenario circular para Peer Gynt, de Ibsen, como un ruedo, un tribunal o una valla de tensiones, creada para el montaje del Grupo Los Doce, ceremonia para iniciados que marcó el experimento de un proyecto fugaz y legendario. O la riqueza minuciosa del trabajo en madera con adorno en filigrana para la miniserie El escaparate de Patricia.

Impone la capacidad de leer el juego de poderes e intereses con que el artista concibiera la escenografía para El Conde Alarcos, esa joya de nuestro teatro del siglo XIX, llevada a escena por Armando Suárez del Villar con un brillante elenco de actores y actrices de Teatro Estudio, en 1975. Y la sensibilidad para elegir en el vestuario de la representación un colorido que va del rojo sangre al verde profundo en función de retratar las pasiones del orden avasallador a que están sometidos sus personajes.

Transitando el espacio, pueden verse de cerca títeres de puestas en escena para niños de Roberto Fernández —uno de sus directores más frecuentados—, como Pluff el fantasmita, El ratón poeta, El flautista de Hamelin y otros muñecos originales que forman parte del acervo del Museo de Títeres El Arca.

Como afirma Luis Enrique Valdés Duarte en las palabras del catálogo —y hay que decir que también es un hermoso objeto—, la vida y la obra de Jesús Ruíz estuvieron signadas por la poesía y el amor. Con ellos, apresó en formas la fugacidad del teatro para que no nos lo perdiéramos del todo. Marcó su paso y su sello, irradió luz e iluminó los anhelos de artistas y espectadores.

Su Galería, su Centro y sus compañeros y amigos han organizado, para él y para nosotros, la mejor manera de recordar y revivir su enorme obra.
Hasta el 30 de septiembre permanecerá abierta Del azafrán al lirio, y es un viaje al teatro cubano como para no perdérselo.

lunes, 1 de junio de 2015

Un brindis por los 15 de Tablas-Alarcos

Por Fernando León Jacomino
Tomado de www.lajiribilla.cu

Con la fundación, en 1967, del Instituto Cubano del Libro y el establecimiento de las editoriales Letras Cubanas y Arte y Literatura, el lector nacional tuvo acceso a una amplia oferta literaria, extensiva a las artes escénicas. Veinte años después, con el denominado período especial y su aguda crisis económica, llegó la contracción poligráfica y editorial de finales del siglo XX, proceso que, a su vez, sentó las bases para la descentralización y especialización que le permitieron a la revista Tablas, fundada en 1982 y dirigida sucesivamente por las investigadoras Rosa Ileana Boudet, Vivian Martínez Tabares y Yana Elsa Brugal, extender su labor hacia la producción de libros. Esta nueva proyección respondía a un viejo anhelo del sector y se convirtió a su vez en objetivo central del equipo que ha tenido a su cargo la llamada Tercera Época de la publicación, liderada desde el 2000 por el crítico e investigador Omar Valiño Cedré y devenida núcleo de referencia para la enseñanza y el ejercicio profesional de la Dramaturgia y la Teatrología entre nosotros.

Por sobre la continuidad, respetada siempre por Valiño y su tropa, celebramos  la  efectividad de un proyecto que se impone hoy, glosando a sus gestores, como “espacio clave para promocionar, gestionar, debatir y pensar las artes escénicas de Cuba y el mundo, dotando a nuestro movimiento de un vehículo capaz de constituirse en memoria crítica de su quehacer y tradición e incrementando su presencia en el imaginario social y cultural cubano”.

En correspondencia con semejante reto, llegamos a esta fiesta con la puesta en circulación del número 105 de la revista y con la entrega del título número 120, cifra que se distribuye en 10 colecciones y configura un perfil que va desde la publicación de autores locales hasta la crítica, la teoría y la investigación, sin olvidar la obra de clásicos y contemporáneos de Latinoamérica y el mundo como Santiago García, Alfonso Sastre, Henry Ibsen, Konstantin Stanislavski, Thomas Bernhard, Fernando Arrabal, Heiner Müller, José Sanchis Sinisterra, Dario Fo y Eugenio Barba, entre otros.

No conforme con sus “puestas en papel”,  este  joven equipo creativo ha potenciado  la crítica, el ensayo, la dramaturgia y la fotografía y ha sabido dignificar otras especialidades como el diseño, la producción artística y la gestión, siempre en función del teatro y la danza; generando así opciones de participación e intercambio que trascienden con mucho el campo editorial y han favorecido a numerosos  colectivos y creadores cubanos.

La renovación generacional, que a veces resulta incompatible con la estabilidad de los equipos  creativos, es otro de los flancos que encuentra aquí novedosas soluciones de continuidad.  Jóvenes, algunos de ellos recién graduados e incluso estudiantes, se articulan de muy diversos modos con el núcleo coordinador, sin que ello implique una reproducción automática ni el predominio de tendencia alguna y sin renunciar a la calidad y el calado intelectual de lo que se publica. En este sentido, el dramaturgo y narrador Abel González Melo señalaba, como parte del coloquio convocado a propósito de la celebración, el rol jugado por la institución en la  formación de editores especializados, perfil deficitario hasta hace pocos años y, por lo general, reservado para egresados de la Escuela de Letras. Esto se debe, en gran medida, a la demanda de especialistas que han generado el crecimiento y la complejidad de los textos trabajados por la editorial y a la consolidación de un sistema de trabajo conjunto con el Instituto Superior de Arte. Ambas circunstancias han ido convirtiendo a Tablas-Alarcos en unidad docente de la Universidad de las Artes y en fuente creciente de empleo y formación posgraduada para buena parte de sus mejores egresados, sobre todo en especialidades como Dramaturgia y Teatrología. Ya quisiera el resto de nuestras manifestaciones artísticas contar con una publicación que las pondere y jerarquice al nivel y con la responsabilidad y el rigor característicos de esta Casa Editorial.

De igual modo, esta renovación generacional ha terminado por condicionar favorablemente el consumo de la publicación. Descontando el reducido círculo de profesores, investigadores y críticos que habitualmente  leemos la revista, los lectores de teatro en Cuba van intercambiándose de un número y de un título a otro, atentos a la repercusión y los referentes del trabajo propio y de sus compañeros de viaje, pero sobre todo motivados por la vocación inclusiva y la diversidad de perspectivas que caracterizan tanto el catálogo como las entregas periódicas, aun cuando la imprenta casi nunca garantiza la oportuna puesta en circulación de cada nuevo número. Tal estado de cosas, que podría leerse como una limitación del empeño en sí, es al mismo tiempo acicate para su fortaleza, ya que por esta vía se garantiza la rotación y el reciclaje permanente de los lectores, así como la renovación constante de las líneas de contenido y las estrategias de comunicación para con la realidad teatral cubana.

A todo esto se han sumado, en los últimos 4 años, la presencia on-line de los principales contenidos y la emergencia de boletines digitales como El Tándem y El Comején, este último de muy reciente creación.  A medio camino entre su nomenclatura tradicional, alusiva al espacio concreto de un escenario, y la vocación de una tercera etapa que celebra sus tres lustros de labor bajo el lema de “un ingenio de producción teatral”; la revista y su sello editorial desbordan con mucho sus oficinas del Complejo Cultural Raquel Revuelta, y su potencialidad no ha sido aprovechada en absoluto a favor de articular la programación y funcionalidad que se esperaba del céntrico y renovado enclave.

Respaldada por el Consejo Nacional de Artes Escénicas, pero con probada capacidad  de autogestión, Tablas-Alarcos se ha convertido en plataforma permanente de confrontación, y representa una voluntad de inclusión hacia las principales zonas y acontecimientos de la escena nacional, sin descuidar lo que se produce fuera de la capital.  Todo esto explica por qué la fiesta de sus 15 logró convocar a numerosos especialistas y colaboradores  para discutir sobre edición, gestión y diseño, y nos permitió disfrutar de exposiciones, performances, presentaciones de libros, y de una acertada muestra teatral integrada por  Mecánica, en versión Carlos Celdrán para Argos Teatro y del Café Teatro CCPC, dirigida por Pedro Franco para el matancero Teatro El Portazo.  Brindemos pues, deseando lucidez, salud y espacio para el desenvolvimiento mayor de ese proyecto funcional y exitoso denominado Casa Editorial Tablas-Alarcos.

martes, 26 de mayo de 2015

Virgilio Piñera: con la lengua desaforada del escriba

Por Norge Espinosa Mendoza
Tomado de www.cubacontemporanea.com

Recientemente presentado por Ediciones Unión, Las palabras de El Escriba es un nuevo título en la bibliografía de Virgilio Piñera, un escritor que sobrevivió a su propio centenario para seguir entregándonos señales inquietantes. Durante el 2012, en Cuba y en varias partes del mundo el rostro de este autor incómodo apareció una y otra vez. Su teatro, su poesía, sus cuentos y novelas fueron llevados a escena y editados nuevamente, con el gesto de rigor que impone una fecha tan respetable, pero también, en los mejores casos, con la dosis de irreverencia que es parte de su leyenda, con ese desacato que lo libra de las poses de museo y aun de los rituales a los que han querido reducirlo algunos de sus discípulos o imitadores.

La fuerza vital de Electra Garrigó, La isla en peso, La carne de René, también perceptible en relatos como “El insomnio”, “El conflicto”, “Salón Paraíso” y “Fíchenlo, si pueden”, alentó en aquel centenario, recordado por el evento que trajo a La Habana a muchos investigadores y, entre otras cosas, por el extraordinario montaje de Aire frío con el que Carlos Celdrán y su Argos Teatro pusieron al día la memoria de este escritor capaz aún de alzar polémicas y pasiones cuando se le menciona. El volumen que han preparado cuidadosamente Ernesto Fundora y Dainerys Machado tiene ese propósito: recordarnos las batallas que libró Piñera. Un homme de lettres que se veía a sí mismo siempre en pie de guerra.

Tiene al fin el lector cubano, en un solo haz, las muchas crónicas que Virgilio redactó para el diario Revolución y su suplemento cultural, el famoso Lunes de Revolución que aún espera por una revisión a la altura de lo que fueron sus entregas. Redactadas entre 1959 y 1961, dan fe del hervor que Piñera tuvo por suyo en los primeros años del triunfo revolucionario, y nos entregan un catálogo intenso de sus gestos y sus gritos, sus protestas y demandas, con las que quiso responder a ese instante arrollador.

Hay una carta deliciosa que el autor de Dos viejos pánicos dirige a su querido Humberto Rodríguez Tomeu en la cual relata las primeras reacciones del pueblo cubano ante el anuncio del cambio político, que en realidad es un ejemplo del estilo Piñera en estado puro, como cuando describe a la mujer negra que vio pasar junto a él envuelta en un abrigo de visón. Es el Virgilio que recién llegaba de Argentina, tan muerto de hambre como se fue, y que anhelaba un sitio donde establecerse como persona e intelectual. Creyó que ese era el sitio y el momento. Y estas páginas rescatadas dan fe de cómo apostó por ello, dejándose llevar por esa marea humana, y mezclando su voz con la de tantos desconocidos.

Ya en esos días iniciales, la prensa cubana recogió una carta que Virgilio dirigía al mismísimo Fidel, alertándole que los escritores cubanos esperaban sus órdenes y sus retos, a fin de no quedarse de brazos cruzados. Tras unos cuantos ires y venires, finalmente pudo mostrar sus armas de guerra, al ser contratado en Revolución. Su fama terrible iba a perseguirlo, y a ella se le achaca el uso de un seudónimo, El Escriba, con el que debió firmar la mayor parte de sus colaboraciones. Homosexual evidente, dueño de una voz reactiva y de un afán que no ocultaba su deseo de poner a ciertas vacas sagradas en el debido lugar para dar paso a otras voces, tuvo que usar esa máscara a fin de conseguir sitio para sus columnas.

Pero en verdad se trata de una máscara casi transparente: nadie dudaría acerca de la identidad de ese Escriba que ponía en solfa a consagrados y novísimos, y que se negó a repetir los lugares comunes que asolaban a las letras del país. Si la Revolución era la esencia del momento, Piñera demostraría que él siempre había sido parte de ese anhelo de Revolución. Y se autotituló lobo feroz, a fin de hacer saber a quien estuviera interesado en oírle, cuán dispuesto se hallaba para ser parte de la nueva causa.

El Piñera de estas crónicas es un caso curioso. Es el autor que ha ganado una madurez perceptible en la excelencia de sus Cuentos fríos (Losada, 1956), y que tiene la mano entrenada en el diálogo teatral. De hecho, muchas de estas páginas son monólogos, arias di bravura, que entona para hacer saber sus pareceres con un énfasis que no dudaría en calificar de histriónico. El acento lo pone siempre en términos de conflicto: Medardo Vitier, Gastón Baquero, el Diario de la Marina, la falta de lectores en la Biblioteca Nacional, las flaquezas narrativas del Martí novelista, Lezama en su trono verbal de Trocadero, y asimismo los jóvenes que niegan y discuten al autor de Paradiso

Piñera no deja títere con cabeza, y de paso nos deja referencias válidas sobre un siglo XIX que él, más que revisitar, reinventa, para sacudir el polvo que cubría los bustos de esos autores muertos, a los que interpela como si de sus vecinos se tratase. La lengua desaforada guía a la mano atrevida de ese Virgilio, que bajo el pálido disfraz del Escriba se apodera de una tribuna para clamar por aires de cambio. Eso lo lleva al compromiso político, como en “Espíritu de las milicias”, que sin embargo no doblega su rigor de intelectual: vale recordar sus argumentos a favor de José A. Baragaño durante su participación como jurado del primer concurso de poesía de Casa de las Américas, en contra de los demás miembros que optaban por un libro de Jorge Enrique Adoum en el que veían más valores políticos que poéticos. La lectura en secuencia de estos artículos organiza una cadena de broncas literarias en las que Piñera reconoce su deuda con Lezama y Pepe Rodríguez Feo, al tiempo que se burla, por ejemplo, de las cabelleras desmelenadas y los ropajes desgarrados que cierta antología de poesía joven desata entre quienes no terminaron incluidos en ella. Y al mismo tiempo, es el promotor que anima una sección como “A partir de cero”, para la cual elije nombres recién llegados que vieron por vez primera sus líneas en letra impresa en esos números de Lunes de Revolución. Lo que también nos recuerdan estas crónicas es que Piñera es uno de los personajes más contradictorios y complejos de su tiempo, y sirven como señal que nos alerta para que no intentemos reducirlo a un perfil inamovible. Su grandeza es ser, justamente, esa paradoja: ese blanco en movimiento que, de no aguzar la vista y el pensamiento, nos hará decir alguna ingenuidad que, desde la muerte, nos devolverá sólo su gran carcajada.

Los compiladores han tenido el buen gusto de procurar fichas y referencias que a un lector no experimentado en el contexto que esas crónicas refieren, le resultarán de ayuda infinita. Lo mismo sucede con los índices de nombres y títulos, que dan fe de un trabajo investigativo a fondo que hubiera merecido, cuando menos, una portada más digna que la imagen turbia que hace poco por subir los índices de venta de este volumen.

Las palabras de El Escriba nos devuelven a un Piñera que, curiosamente, emplea una máscara para manifestarse (ese seudónimo) y que, a la vez, es más sincero y reconocible que nunca antes. El pulso del periodismo, de la demanda por textos urgentes sobre temas polémicos, agita sus mejores párrafos. Y nos dejan ver las muecas de ese rostro-escribiente más allá de la máscara, ya sea discutiendo entre Casal y Martí, o bajando a una cueva en Cubitas para contarnos las proezas de la recolección de guano de murciélago, que, no podía ser menos, se convierte por obra y gracia de su verbo en una suerte de descenso al Hades. El tiempo en que esas crónicas y otras (como la importante dedicada a “Sexualidad y machismo”, que no se publicó en su día) llegaban al lector, se agotó demasiado pronto. En 1961 terminó Lunes de Revolución. Con ese corte abrupto, acelerado por la prohibición del cortometraje PM y las “Palabras a los intelectuales”, algo cambió definitivamente. Al frenesí inicial sobrevino otra marejada, mucho más fría, mucho menos cálida. Piñera seguiría editando durante esa década y estrenando algunas piezas. En los 70 ya era casi invisible. Otra máscara vendría sobre su rostro. Pero esa no le dejaría, ni siquiera, un seudónimo a través del cual expresarse.

En el 2012, durante la celebración del Centenario, estas memorias y otras más amargas también fueron exorcizadas. Pasó esa celebración, y estuvimos junto a su tumba en Cárdenas, que en una tarde gris y lluviosa se cubrió de flores. Varias deudas pendientes quedaron tras esos peregrinajes. Aún nos debemos la edición cabal de su Teatro completo, una recopilación digna de sus ensayos literarios, y la multimedia que se entregó a Ediciones Cubarte como referencia de ese siglo Piñera en el que nos hemos ido convirtiendo en sus personajes y sus cómplices.

Este libro de Ediciones Unión nos recuerda esas deudas y ese rostro: el de un Piñera al que vamos sumando fragmentos para saberlo más necesario, vivo y rotundo que muchos de sus contemporáneos. La muerte no le hizo abandonar su batalla. Cuando lo leemos, como ahora en este volumen, estamos en su ejército. O en su contra, como es el caso de algunos, pero nunca indiferentes. En México, España, Estados Unidos de América, Argentina, Italia... el nombre de Piñera salta de vez en vez. Ya se anuncia la edición de las cartas completas que se conservan en Princeton, y que Virgilio dirigió a Humberto, gracias a las gestiones de Thomas F. Anderson. Cuando ese Teatro completo, esos ensayos, esa multimedia y esas cartas lleguen a nuevos lectores, la batalla Piñera seguirá su rumbo. 

lunes, 11 de mayo de 2015

"Ignacio & María", un sensible retrato de una pareja en crisis

 Tomado de www.telam.com.ar

Camilo Parodi y Violeta Zorrilla dan vida a los personajes de "Ignacio & María", una comedia melancólica que indaga con singular sensibilidad en las dificultades de comunicación en una pareja treintañera, que con dirección de Corina Fiorillo se ofrece en El Ópalo, Junín 380, sábados y domingos a las 20.

Con un texto de la cubana Nara Mansur Cao como espinazo narrativo, lo que se ve en el pequeño escenario de El Ópalo es antes que otra cosa una ceremonia llena de juegos, aparentes improvisaciones, bastante música a cargo de Parodi con su guitarra y Zorrilla convertida en una criatura conquistadora y sensual.

Como preludio a la acción los actores permiten que el público ingrese a la pequeña sala mientras ellos ejercen algunos diálogos sin palabras que luego se completarán, con Zorrilla en una alegre y seductora danza y Parodi en leves rasgueos de su guitarra, mientras se escucha al Buena Vista Social Club e intérpretes semejantes.

La experiencia vale la pena porque la puesta juega con la verdad y la simulación, que es al fin la esencia del teatro, pero desde ese inusual comienzo hay una forma de "confianza" con el público, que así se transforma en un testigo casi familiar.

El asunto se desarrolla en la Argentina de 2001 y la crisis que atormentó a sus habitantes; la pieza no elude los temas políticos con su permanente contacto con el afuera, pero describe con pericia la inestabilidad de los sentimientos, toda una virtud de la autora cubana, que vive en la Argentina aunque no está en cortocircuito con la Revolución de su país.

Embarcada en un teatro emotivo como el que cultiva Eloísa Tarruella -"Amorar, deconstrucción de un amor"- tiene también algún atisbo de las "Historias para ser contadas", que Osvaldo Dragún delineó hace medio siglo y desplegó en numerosos talleres por el continente, sobre todo en Cuba, donde los diálogos se ven interrumpidos sin violencia por apartes con el público.

A pocos metros de la platea, Parodi y Zorrilla son unos Ignacio y María verosímiles en sus encuentros y sus broncas, absolutamente humanos y vulnerables, sinceros y al mismo tiempo pícaros en sus estrategias para el amor, una situación que requiere conocidas pugnas.

La directora Fiorillo, muy activa en estos días, con varias obras en cartel, encuentra en el texto de Mansur Cao un vehículo ideal para que el público se enamore de sus personajes por vía de la identificación o la referencia.

Un dato que interesa es la oralidad que entre música romántica y muy popular utilizan los actores, ya que Parodi nació en Corrientes y no ha perdido su tonada, y aunque Zorrilla nació en Buenos Aires ambos eluden ese naturalismo televisivo que ha invadido los escenarios con los elencos jóvenes.

Sus diálogos son vivaces, con inclusiones del refranero popular, que Fiorillo enaltece con un juego de miradas cómplices, de deseos latentes, y con discusiones que entremezclan lo amoroso con lo ideológico, ya que estos chicos no viven en un tubo de ensayo.

Lo que se logra en la escasa hora de duración es un espectáculo que aspira a la magia de los sentimientos, con un lenguaje poético despojado de cursilería y en el que la música funciona como un elemento natural, generalmente con canciones conocidas que Parodi modifica sin deformar.

Obra de producción digna, se beneficia con las luces, el vestuario y la escenografía mínima de la misma directora -con una escalera de tijera y la jaula de un pájaro como elementos principales-, y es al mismo tiempo una historia que con su final melancólico deja la sensación de algo que debería continuar.

viernes, 8 de mayo de 2015

Nuevos rostros de la danza cubana




Por Mercedes Borges Bartutis  
Tomado de www.lajiribilla.cu

Es un hecho común decir que la creación de danza en Cuba pasa por una crisis. Y, ciertamente, si hacemos un recorrido por las “temporadas” de las compañías que mantienen una cartelera habitual en los teatros cubanos, asistimos a la reiteración de obras que no logran llenar las salas y que tienen, como máximo, seis funciones en su programación.


Pero, en verdad, se han perdido las temporadas de danza contemporánea en este país, y con ellas el hábito de un público que se confunde ante la cantidad de nombres de compañías casi inexistentes, acomodadas bajo el amparo institucional.

Es cierto que el teatro es beneficiado por una programación más amplia, pero la danza ha dejado de luchar, ha perdido el empuje, y solo “Los días de la danza” y algunos espacios que muestran una presencia más permanente, como es el caso de Las Carolinas, logran visibilizar lo que sucede con parte de la creación en el país.

En medio de ese panorama, y a pesar de que no interactúan, se observan algunos nombres que están formando una zona común, de lo que pudiera llamarse “las nuevas escrituras o expresiones recientes en la danza cubana”.

Varios entraron con nuevas propuestas y se agotaron rápido. Así tenemos el caso de Tangin Fong, ex bailarín de Danza Contemporánea de Cuba y su proyecto Corpus, Espíritu, Alma; una propuesta que comenzó tanteando el azar con obras en espacios no convencionales como azoteas, aunque también presentó programas con características más formales en salas teatrales. A esto se suma el caso, en Cienfuegos, de un pequeño grupo que bajo el nombre de Oxígeno y comandado por el actor Luis Manuel de Armas, mostró una suerte de amalgama donde se mezclaba el ballet neoclásico con la danza teatro, todo esto ataviado con frustraciones humanas y problemas existenciales en sus más diversas expresiones.

Por su parte, en Danza Contemporánea de Cuba se abrió un espacio para quienes llegaban de la Escuela Nacional de Danza con inquietudes coreográficas. Osnel Delgado, Julio César Iglesias, Michel Ávalos, o George Céspedes, por solo citar algunos nombres, comenzaron a probar sus ideas en los cuerpos de sus compañeros, y aunque no todos tenían la oportunidad de llevar sus obras al repertorio de la compañía, se demostró que había una inquietud creativa en un grupo grande de jóvenes, que fundaron un espacio bajo el nombre de Inventario, que lamentablemente desapareció y sus protagonistas se disgregaron. Ahora, ha sido retomado por Osnel Delgado y su proyecto MalPaso, solo que no logra tener la fuerza de otro momento, cuando reunía a un grupo grande de seguidores en los salones de Danza Contemporánea de Cuba.

De estos nombres algunos se mantienen creando: George Céspedes, con su actual grupo Los hijos del director, y Osnel Delgado con MalPaso, cubren una zona de la creación joven totalmente apegada a lo físico, exigiendo “derroche técnico” de bailarines muy bien entrenados; y aunque en el caso de George, por ejemplo, ha echado mano a intérpretes procedentes de otras manifestaciones del arte, el resultado de su propuesta continúa siendo un espectáculo donde la corporalidad es la columna vertebral, apegado a sus creaciones de gran formato en Danza Contemporánea de Cuba.

Desde otro ángulo del asunto, Osnel Delgado mantiene una idea coreográfica sobre la base de una estrategia formal. Este autor ha sido consecuente con su línea de creación, a pesar de que en sus inicios se vislumbraba una ruptura con el movimiento manido de la coreografía cubana de la última década.

De Julio César Iglesias llegaron algunos títulos como Quisiera ser tu perro o Restaurante El paso, que anunciaban una búsqueda en los problemas y la enajenación de la vida cotidiana, búsqueda que proporcionó un material diferente a lo mostrado por Danza Contemporánea de Cuba, en ese momento. Julio César se radicó en Europa hace algunos años, y aunque ha regresado puntualmente para estrenar en temporadas de la compañía, su propuesta actual se ha divorciado radicalmente de aquellos primeros intentos.

La experiencia del proyecto Todo x Uno que se presentó en la sala Raquel Revuelta durante “Los Días de la Danza” de 2013, incluyó solos apenas vistos en los escenarios cubanos. Fue el caso de Abel Berenguer, ex integrante de DanzAbierta, que mostró Instinto de conservación, título que hurgaba en el sentido casi autodestructivo que posee el bailarín de cuidar y, a la vez, mutilar su cuerpo, planteando y resolviendo problemas desde la propia danza.

En una dirección diferente aparecieron Isvel Bello y Gabriela Burdsall. Isvel presentó Tokonoma, pieza inspirada en un texto de José Lezama Lima. En esta propuesta, en un pequeño espacio y sobre una banda sonora electrónica, se mezclaban sonidos de un mundo virtual con un discurso pronunciado íntegramente en alemán. Isvel lograba con esta obra un trayecto muy particular con el mínimo de recursos materiales.

Por su parte, Gabriela Burdsall, integrante de Danza Contemporánea de Cuba, propuso Medea Reload, investigación que tuvo sus inicios con otro nombre en un trabajo tentativo para el Concurso de Jóvenes Coreógrafos “Impulsos” y que luego tomó mayor fuerza, al unirse al dramaturgo Maikel Rodríguez, para ofrecer una primera edición de esta pesquisa, que continúa mutando en cada presentación tanto para la escena como para el audiovisual. 

En este último apartado Gabriela, unida al experimentado Adolfo Izquierdo, fundador junto a Lorna Burdsall del proyecto AsíSomos, han logrado una serie de piezas que encabezan un interesante y amplio repertorio de trabajos que hacen del video-danza nacional, la zona más atractiva del arte del movimiento, que circula hoy por hoy en el ambiente danzario del país.

También dentro de este programa de Todo x Uno apareció Sandra Ramy, una coreógrafa con más experiencia que ha tenido como prácticas anteriores los grupos Danza Teatro Retazos y Teatro El Público, entre otros. Sandra se presenta actualmente con su Colectivo Persona. La propuesta de esta creadora va desde obras como Mi trabajo es usted, autorretrato que articula movimiento, texto, música original y elementos audiovisuales, hasta ¿De qué está hecha tu casa?, un ejercicio que mezcló bailarines de experiencia con niños de la Escuela Provincial de Danza Alejo Carpentier, en un acto novedoso para los escenarios cubanos.

Con el nombre de Ad Libitum, el ecléctico y singular Yanosky Suárez, ha consolidado un punto de creación diferente en la ciudad de Santiago de Cuba, donde parece ser un electrón perdido. Sin embargo, su obra ha circulado con éxito tanto en Cuba como en el extranjero. Casi siempre trabajando en solitario con títulos como Geisha, una rara visión de pocos minutos que siempre llama la atención de los espectadores.

En Guantánamo, Joel González, ha dejado de ser un desconocido para convertirse en el líder de la coreografía en esa región del país. Aún siendo integrante de Danza Libre, Yoel obtuvo varios premios en concursos realizados en Cuba, estrategia que lo catapultó para finalmente concretar su proyecto Médula, iniciativa que comenzó con el esfuerzo de muchos y que ahora se resume en el nombre de este creador. Joel tiene propuestas que suelen ser exploradoras, mezclando lenguajes diversos. Sin embargo, el resultado aún tiene el sabor de lo improvisado, donde la utilización de la voz y otros elementos, no logran una terminación elegante.

Otros nombres como los de Luvien Mederos, Eugenio Ruiz, Miguel Azcue, Esteban Aguilar y Norge Cedeño, pueden y deben incluirse en esta lista, que intenta un acercamiento a una zona poco visitada de la danza cubana. Con ellos quedo en deuda, ya que también aportan otros títulos con características bien diferentes. Son, en definitiva, cuentas pendientes de investigadores, críticos y periodistas, que insisten en mirar la danza desde arriba, sin acercarse a los procesos de creación y, en muchos casos, sin asistir al menos a las pocas funciones que logran colocar estos autores, en la cartelera de la danza cubana.

 Nota: Texto presentado en el evento teórico “Pensar la danza” celebrado en el contexto del Festival Habana Vieja: Ciudad en Movimiento, durante el 15 y el 19 de abril de 2015.

miércoles, 6 de mayo de 2015

Teatro cubano expone la realidad contemporánea del país

Tomado de  www.cubadebate.cu

El crítico e investigador Eberto García Abréu destacó hoy que el teatro cubano expone la realidad contemporánea del país, lo cual propicia que en las funciones el público presencie un diálogo social.

García Abréu destacó a Prensa Latina la respuesta importante de los espectadores con su asistencia a las puestas en escenas las que, con estrategias diversas, abordan la problemática de esta nación caribeña.

Explicó que en la isla existen 230 proyectos teatrales de todas las manifestaciones lo que constituye -dijo- un indicador alto, máxime en un país como la mayor de las Antillas de condiciones económicas difíciles,

“El teatro demanda espacio, energía, y materiales. Han crecido los grupos y este momento es de acercar creadores”, reflexionó.

García Abréu expuso esos criterios durante un receso de la jornada de la dramaturgia cubana y taller escénico que cerrará mañana aquí, evento insertado en la tradición de Matanzas de espacios para que los teatristas de la ínsula reflexionen.

Directores, críticos, actores y otros especialistas de las artes escénicas asisten al foro que tiene como escenario esta ciudad, ubicada a 100 kilómetros al este de La Babana. El encuentro es fruto de una colaboración entre la Casa de la Memoria Escénica de esta urbe, el proyecto Traspasos del Instituto Superior de Arte, y la filial en Matanzas de la Unión Nacional de Escritores y Artistas (Uneac).

Este miércoles finalizarán los laboratorios (talleres) acerca de Retablos, títeres y animaciones. Otras dramaturgias integradoras, y Textualidades y teatralidades en cruce. Dramaturgias y performance.

Los temas se completan con El cuerpo como imagen, espacio, provocación y relato. Dramaturgias y rituales; y Realismos y nuevas poéticas teatrales. Escenarios urgentes.
Incluidas en la programación conferencias sobre Dramaturgia y poéticas teatrales cubanas contemporáneas, y Cuatro modelos dramáticos desde el origen del teatro hasta hoy.
Para mañana, en la clausura, está concebida una evocación del teatrista cubano José Ramón Brene.

(Con información de Prensa Latina)