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lunes, 10 de agosto de 2015

¿Qué nos trajo la temporada teatral?

Por Frank Padrón
Tomado de www.juventudrebelde.cu

Varios y significativos estrenos y/o reposiciones nos entregó la cartelera escénica en las últimas semanas. Revisemos algunos de ellos.

No es muy frecuente hallar propuestas de eso que llaman café concert o simplemente, un tipo de show que incluye poesía, monólogos, etc, y que parte de aquel «cabaré político» de raíces brechtianas; por ello fue grato recibir durante todo julio el espectáculo Café CCPC (The Cuban Coffee by Portazo´s Cooperative) por el ya consolidado grupo matancero.

El recinto de la sala Tito Junco, devenido «centro nocturno» —mesas y consumo incluidos— se repletó durante todos los fines de semana que permaneció la puesta en cartel, demostrando la avidez del público, sobre todo el joven, por este tipo de propuesta.

Textos que iban del propio Bretch al director del grupo (Pedro Franco), pasando por Bonifacio Byrne, Leonor Pérez de Martí, Israel Domínguez y Charles Bukowski, entre otros, alternaban con canciones dobladas y/o cantadas, monólogos y coreografías en una combinación que tenía tanto de la ligereza y el «glamour» del cabaré como de la enjundia y la seriedad del teatro más reflexivo, en el cual se compartían ideas y preocupaciones en torno a la contemporaneidad y la historia, siempre con respeto y ética, aun cuando imperara la revisión crítica.

Claro que no todo exhibe el laurel de lo cristalizado: coristas que desafinan, lo cual se aprecia más por cuanto deben cantar cerca de las mesas; actuaciones no siempre al mismo nivel (por ejemplo, la joven que hace las veces de anfitriona sobreactúa y a veces hasta grita, innecesariamente) como tampoco las coreografías (a destacar: la que acompaña la famosa tonada del «medio peso»), pero hay ritmo, fluidez escénica, lograda expresividad en el vestuario y la escenografía, movimiento ideoestético sin «teques» ni panfletos y un considerable equilibrio entre los tonos dramáticos que desprenden de este sui géneris cabaré, jornadas provechosas con El Portazo.

De Matanzas también, y con la música igualmente de cordón umbilical, se presentó nuevamente Teatro de las Estaciones bajo la dirección de Rubén Darío Salazar con uno de esos espectáculos que logra lo mismo el disfrute de niños que el de adultos: el laureado Cuento de amor en un barrio barroco, esta vez girando por buena parte de la Isla.

Dedicado ahora a los flamantes 500 años de Santiago de Cuba, es justamente un hijo de esas tierras quien centraliza este espectáculo multidisciplinario que incluye títeres, marionetas, actores de carne y hueso y músicos; en esta última categoría se ubica de quien hablamos: el cantautor William Vivanco, en cuya obra descuellan células del Caribe y América Latina, incluyendo, claro está, la rica música cubana con ritmos definitorios (son, danzón, afro, sucu-sucu…), buena parte de los cuales despliega aquí con la estrecha complicidad de la excelente orquesta juvenil Miguel Faílde.

Cuento de amor… es eso mismo, y es barroco también hasta los tuétanos por su explosión de colores, formas y sonidos conformadores de ese peculiar estilo en nuestro contexto que, al decir de estudiosos como Carpentier y Severo Sarduy, significa una adecuación muy sui géneris del gran movimiento universal.

La sencilla historia de sirenas y marineros, narrando una aventura que sabe a salitre y sensualidad caribeñas se disfruta de principio a fin: Vivanco no solo aporta su música y su sandunga escénica, sino que se alinea con los notables actores quienes, solos o manejando muñecos, llevan la narración a buen puerto, también literalmente, envueltos en la policromía y la riqueza de los decorados, vestuario y escenografía.

Otra oferta veraniega en lo que a teatro respecta es El amnésico y la entregada, de la dramaturga puertorriqueña Carmen Zeta, por la compañía Rita Montaner, en versión y puesta del actor Ariel Gil; los «tira y encoge» de una pareja cansada de la convivencia y los años de relación son enfocados desde la perspectiva feminista de la autora, emplazando el machismo y la inmadurez del hombre y abogando por la toma de conciencia y la rebeldía de la mujer ante tales despropósitos.

La puesta de Gil sobresale por una escenografía imaginativa y funcional, así como por una perspectiva dialógica que trabaja la sorpresiva presencia de actores entre el público, desconcertando un tanto a este, pero a la vez confiriendo dinamismo y originalidad al hecho teatral, que incluye los desdoblamientos actorales respecto a sus personajes. Falla, sin embargo, en ciertos excesos (el personaje que comenta, suerte de «coro griego» individualizado, une a participaciones ingeniosas otras superfluas y hasta impertinentes), y en la proyección de la mayoría de los histriones, quienes tienden a confundir espontaneidad y soltura con gesticulación altisonante o pobreza expresiva.

Un elenco muy joven conforma Family trash (Coreografía de la ausencia) que libremente se inspira en la muy representada Yo estaba en casa y esperaba que llegara la lluvia, del famoso y malogrado dramaturgo francés Jean-Luc Lagarceen, versión y puesta de José Ramón Hernández, también al frente del grupo Osikán (Plataforma escénica experimental).
Núcleos disfuncionales que dejan huellas en adolescentes y adultos desde las edades más tempranas aparecen dibujados en el verbo y la imagen de seres que narran sus vivencias, en las cuales se aprecia una enérgica condena a manifestaciones como el racismo, la homofobia y el patriarcado.

Asistida dramatúrgicamente por Yohayna Hernández, audiovisualmente por Ayanúkún producciones, con edición de Gabriel Estrada, dirigida y producida por Erick Gómez Toyos, Family… ofrece no solo textos de gran pegada y fuerza, sino una imaginativa concepción escénica que suma segmentos de filmes y fotos, desplazamientos coreográficos y soluciones que apuntan a un creativo minimalismo el cual sugiere e invita a nuevas lecturas con pocos recursos.

Los actores (Yoelkis Maceo, Osvaldo Pedroso, Alaín Cantillo, Ally Blanco, Ilhasa Vanessa…) oscilan entre momentos muy sentidos y bien encauzados y otros donde requieren de mayor precisión y ductilidad, pero en términos generales, llevan por buena senda sus desempeños.
Un colectivo a seguir, entonces, esta Plataforma escénica experimental, que realmente lo es en el mejor sentido.

lunes, 3 de agosto de 2015

Un altar de amores

Por Omar Valiño
Tomado de www.granma.cu


En apenas cuatro años, allá en Matanzas, se ha consolidado un grupo teatral. Un grupo que avanza y no de manera silenciosa. Se llama Tea­tro El Portazo. Lo integran varios jóvenes, actrices y actores, y colaboradores de otras especialidades siempre necesarias a la escena. Al frente, Pedro Franco.

Con carta de presentación hacia fines del 2011 con Por gusto, de Abel González Melo, sumó luego Antígona, de Yerandy Fleites y Semen, de Yunior García. Una coherente trilogía a partir de jóvenes autores nacionales, en la que Franco demostró capacidad de invención y de conexión con los nuevos segmentos de público que quiere privilegiar.

El Portazo conquistó su territorio sin esperar a que le cayera del cielo ni reclamarlo en reuniones. Contaban con el patio de la Asociación Her­manos Saíz en Matanzas y eso fue lo que convirtieron en espacio escénico. Desde el principio, me cautivó el gesto: la decisión de expresarse a través del teatro aun sin todas las condiciones listas. Querían  hablar de sí mismos a través de su arte y sin pedir permiso, esencia que tanta falta nos hace.

Cuando cursaba estudios de secundaria y preuniversitario, allá por los 80 del siglo pasado, se requería a la juventud con una alquimia ideal: había que ser alegres pero profundos. Ahora mismo, he recordado el imperativo al apreciar el magnífico funcionamiento de la “fórmula” —no tan fácil como puede pensarse—, en Cuban Coffee by Portazo Cooperative o CCPC por su juguetona sigla, el cuarto espectáculo de El Por­tazo, bajo la dirección de su líder Pedro Franco, mejor grupo y director de todas las recientes fundaciones juveniles del teatro insular.

Para la alegría y el divertimento, Franco elige un cabaret. Para las incisiones en el cuerpo social cose diversos textos de jóvenes dramaturgos y otros de distinto origen. La estructura del cabaret le ofrece capacidad de maniobra para combinar “números”, canciones, escenas, mo­nólogos en un aquelarre muy bien pautado, organizado y ejecutado; asumido con extrema libertad. Así, el espectáculo rinde culto a una filosofía: de homenaje y rebelión. Y se manifiesta, en cierto sentido, de modo metodológico. Consume su primera parte en explicarnos los objetivos del discurso y la manera en que lo harán, desde la misma condición divertidísima que luego desatará con todo esplendor la puesta en escena hasta culminar en la fiesta.

También explicitan la voluntad de que ese acto sea una investigación económica que pue­da probar al teatro como una forma de vida sostenible, como si no bastara con la cantidad de “contenido” que CCPC tiene dentro. No renuncian a nada. Les sirve lo alto y lo bajo, lo santificado por el canon y lo denunciado como pésimo para el “consumo” cultural. Quieren abarcarlo todo desde una distinción wagneriana, como un teatro total que se sirve de todo cuanto han visto aquí de teatro cubano y foráneo. De ahí las citas intratextuales como procedimiento escénico, las reinvenciones de sentido y su actualización frente a la realidad cubana de hoy, de todo cuanto usan.

Dicha perspectiva, afincada en el lenguaje teatral, abarca el universo completo del discurso. Por eso CCPC es la puesta en un espacio crítico del modo en que estos jóvenes ven,  viven y disfrutan la patria de su formación, de su adn, de su sangre, con sus desgarramientos y jirones, con sus virtudes y padecimientos, con y como una enorme suma de amores compartidos que sangra críticas y defensas.

El conjunto de actrices y actores lo hacen con el corazón, se entregan por completo, prodigan toda su energía, toda su maravillosa música de cuerpos y voces, todos sus sufrimientos y alegrías. Nos conmueven y divierten hasta el tuétano.

Musical, carnavalesco y sacrificial, dialógico y político, CCPC engrandece el gesto de El Portazo: es un acto de fe de una generación. Por eso cierra con una estructura que puede leerse como el altar desde donde exigen construir y participar. Ese grupo de jóvenes ha creado, allá en Matanzas, un nuevo danzón, un ajiaco maravilloso con el sabor de una Cuba nuestra e inclusiva.

No se pierda el espectáculo del año en la continuidad de su temporada en el patio de la AHS yumurina o en la vuelta a la sala Tito Junco, del Bertolt Brecht, en La Habana, o en cualquier espacio que lo acogerá más adelante en distintos lugares de Cuba. Ellos y ellas son la Cuba de nuestros jóvenes ahora mismo.


jueves, 30 de julio de 2015

“A ver cómo te explico…”


Por Maité Hernández-Lorenzo 
Tomado de  www.cubacontemporanea.com

Sí, a ver cómo te explico, nos explicamos, me explico… De esta frase, leitmotiv en Antígona, de Yerandy Fleites, Teatro El Portazo se ha apropiado más de una vez. Primero, fue en su puesta de la versión del clásico por el joven dramaturgo, y ahora vuelve en boca de Emiliana, la enfermera que recibe al público en este Café haciendo expresa alusión al son “Si no fuera por Emiliana nos quedaríamos con las ganas… de tomar café”, de Carlos Puebla. De manera que debe ser ella la oficiante de este doble ritual: el de tomar café y el introducirnos al Café mismo.

Sí, a ver cómo te explico porque es difícil de explicar, de entender. Y el punto de inflexión de ese entendimiento es este Café que pone en solfa no solo temas referidos a la situación de la economía y de la política cubanas actuales, no únicamente. Café CCPC (Cuban Coffee by Portazo’s Cooperative), del matancero Teatro El Portazo, remueve otros discursos como el teatro y lo hace desde presupuestos irónicos y paródicos.

En otro momento* me he referido a nuevos modos de participación de una ciudadanía cultural en un paisaje que acelera y deforma sus bordes de inclusión. Si para el grupo y sus espectadores siempre han sido explícitas estas formas de intervención, puestas en práctica en la venta de productos (bienes culturales y gastronómicos) en sus espectáculos, con este montaje sus hacedores convierten este recurso -que temía se volviera repetitivo- en lenguaje escénico.

Pedro Franco, su director y “armador”, invitó a un grupo de la más joven hornada de dramaturgos para construir los bloques que estructuran el café o cabaret. Cada cuadro hilvana una microhistoria que calza el gran mural de la nación cubana hoy visto por los ojos de estos jóvenes. Un signo recurrente que conecta una zona de la más fresca producción dramática es la referencia a la historia de Cuba, también visible en otros autores y que ha establecido ejes temáticos en la dramaturgia nacional (Reinaldo Montero, Abelardo Estorino, Abilio Estévez, etc.). Si en algunos casos estas asociaciones densifican fortuitamente las situaciones dramáticas de estas nuevas piezas, aquí, sin embargo, ese jirón de historia pone el acento en los argumentos de lo que se supone debe ser explicado.

Siempre me ha gustado la frase “a ver cómo te explico…”. Pone en evidencia, primero, que hay algo difícil de explicar y, segundo, la intención y necesidad de explicarlo a alguien que por igual necesita o le interesa entender. Ese coqueteo con lo filosófico no es banal ni caprichoso.

Asistí por segunda ocasión al Café CCPC el 25 de julio, durante la temporada habanera en la sala Tito Junco, del Centro Cultural Bertolt Brecht, día en que la Asamblea Municipal de Santiago de Cuba había celebrado la sesión solemne por los 500 años de la fundación de la ciudad. En ella, el Dr. Eusebio Leal Spengler, Historiador de La Habana, realizó una intervención que no pude evitar recordar durante el espectáculo, especialmente en el segmento La toma de La Habana por los ingleses del Segundo Bloque.

En él, sobre un altorrelieve de textos de Bonifacio Byrne, el propio Franco, Alessandra Santiesteban, Yunior García y cartas de Leonor Pérez a su hijo José Julián Martí, se me iban colando fragmentos del discurso de Eusebio en el cual el historiador describía una estirpe e hidalguía de pensamiento y acción de larga data cubanos cuyas siluetas podían vislumbrarse en esa misma nación tironeada entre los reclamos de los personajes de La Habana o de Leonor Pérez y el deseo del joven Pepe Antonio de partir como tantos otros.

Lo interesante en esas asociaciones azarosas, y a la vez razonables, es cómo ese “sol del mundo moral” se reconecta con el contexto actual cubano de otro modo. Asistimos, entonces, a dos discursos que, como en el palimpsesto original, se superponen y abrazan. No deja de ser estimulante y reconfortante esa tensión de dos maneras de “historiarnos”, dos reclamos de igual valía en un paisaje social cada vez más desarraigado y atontado por preocupaciones más domésticas.

Hablando de reclamos: La Habana-personaje en este segmento recurre a lugares de la nostalgia habanera y cubana que siempre se ciernen en torno a la vecinería, la familia, el apagón o ciertos olores, nidos afectivos que han sido glorificados por Abilio Estévez en piezas como Perla Marina o Santa Cecilia. Y un espectáculo retador en su dispositivo comunicativo, en la construcción de su discurso teatral, también podría arriesgarse en proponer otras utopías, nuevas razones para quedarse, para permanecer, de la misma manera que las dirime para la partida del joven Pepe Antonio, aunque sea la nimiedad de poseer un iPhone o la construcción de otro imaginario colectivo que aún no cabe en nuestros bordes sociales a punto de estallar.

Aquí Pepe Antonio, otra vez la reconfiguración de otro relato nacional, se reconoce como un “invertido”, es decir, un sujeto en quien se han invertido recursos que luego han servido de pretexto para una especie de chantaje emocional y patriótico. A propósito, una generación, la suya, la mía, la de muchos, sobre la cual ha pendido el peso de esta deuda moral y social. El punto en la boca llega con la canción Esta casa en la voz de Elena Burke e interpretada por  el personaje de Leonor Pérez, mientras Pepe Antonio va recogiendo la memorabilia excesivamente ilustrativa que cargaba en su maleta: una foto de Camilo Cienfuegos, una bandera, una botella de ron...; y con el “mitin de repudio” que la miliciana travestida, con peluca y fusil pink, cantando Rata de dos patas, de Paquita La Del Barrio junto al “pueblo” armado de huevos, le plantan a Pepe Antonio. Es curioso, pero aquí el público se identifica con el personaje de la miliciana en una excelente demostración del complejo proceso de recepción del café político.

El hecho de que estos jóvenes  -y aquí entra esa hornada de teatristas noveles que “escriben” sobre la escena Antigonón, Electra Garrigó, Semen, Antígona, Solness y la princesa, Charlotte Corday, El mal gusto y tantos otros- horaden con dolor y (di)versión puntos nostálgicos de nuestro día a día es, como he repetido, otra forma de participar, de crear nuevas épicas entre arte y sociedad.

Uno tras otro, los cuatro Bloques, con sus respectivas explicaciones, e incluyo aquí a la “Avanzada”, van trenzando tupidísimos núcleos de sentido donde nada es azaroso y donde la puesta en valor de temas referidos a lo social, la historia, el teatro, la política, se aderezan con los ingredientes del Café o Cabaret: coreografías, karaoke, invitación al público a bailar, presentaciones de travestis en directa alusión a asuntos candentes de la agenda popular ahora mismo, como lo son el restablecimiento de las relaciones con Estados Unidos y en ese mismo orden la relación con la tradición política de la hoz y el martillo.

Nada queda fuera en un tono carnavalesco que acentúa un espacio  permisivo de libertad y diversión donde los cuerpos se confunden y se apropian de otros. Es visible -y uno de los parlamentos de Emiliana lo deja claro desde el inicio como deja claras las reglas del juego al igual que en Por cuanto, por tanto, resuelvo, otra declaración de principios- la apropiación y cita al teatro cubano, como es la Celia Cruz de Delirio Habanero en el montaje de Raúl Martín, la pasarela de Teatro El Público, o los performances de El Ciervo Encantado, y los sucesivos travestismos que beben del más hondo teatro vernáculo cubano.

Por otra parte, la banda sonora conforma un cuerpo inherente en el ajuste interno del espectáculo. Además de ser una pieza esencial en la naturaleza musical del Café, el montaje de sentido que le ofrece la selección, diversificada en sus funciones e interpretaciones, es una aguda, lúcida y hermosa arquitectura que sostiene el montaje. Nada en ella es fortuito o azaroso y se restaura, de alguna forma, un teatro musical construido desde otros presupuestos igualmente modélicos.

Y en esa vorágine de energía están los actores, y a la vez, como demanda un Café de este tipo, bailarines, mediadores, facilitadores, quienes van imponiendo la velocidad y la dinámica de esta montaña rusa de la cual nos bajamos con ganas de más, de montarnos en el siguiente aparato. Muchos de ellos presentes en anteriores montajes de El Portazo, van pulsando, junto a Pedrito, indiscutible líder y motor de combustión de la nave matancera, un peculiar relato teatral de la Cuba contemporánea. Orgánicamente emparentados con los complejos procesos de todo tipo que atraviesan la Isla, estos muchachos y muchachas, cuyas biografías parciales, deseadas o imaginarias, escuchamos en el inicio del espectáculo, son también botones de muestra de un empecinamiento fecundo y febril por hacer teatro hoy en Cuba. El resultado de esa constancia no es este Café, las cosas no son tan simples, el resultado de esa constancia es la capacidad para preguntar y seguir diciendo(nos) “a ver cómo te explico…”.

El Bloque final, un extraño “paquete” en el que desfilan banderas, La protesta de Baraguá en un sketch que trastoca roles y sitúa en paralelo el fracaso del diálogo entre cubanos y españoles -paradigma de dignidad en la historia cubana- al éxito de la negociación con el enemigo histórico de la Isla hoy, para culminar con textos de Bukowski en una especie de monólogo interior. Y como insiste en decir Emiliana, en una pausa que favorece un suave respiro del espectáculo, “hoy puede ser un gran día”, sin ofrecer garantías de qué pasará.

En los minutos finales se produce un cambio de escenario y por primera vez Pedrito sale cantando Cuba va mientras da saltos de alegría antecediendo la alta tribuna en que se convertirá la pasarela, horizontal y abierta al público para el baile y la complicidad hasta ese momento. Cuba va, identificada como un himno en actividades oficiales de gran convocatoria, y Noche cubana en la orquestación de los Van Van -que también remueve los asientos, en este caso, de los espectadores y bailadores de sus conciertos y es un cierre típico de show de cabaret-, crean una sinergia peculiar de sentidos y goce, de confirmación en una zona de confort colectiva.

Mientras se escuchan estos temas y el público entona con entusiasmo las canciones, los actores van ubicándose en la estructura de madera. Bien colocados, los personajes componen una postal que mira al futuro con suspicacia, oteando el horizonte, protegidos con cascos y guantes de constructor, a punto de decir “a ver cómo te explico…”.


* “Los puertos de una isla”, en La Gaceta de Cuba, no. 5, septiembre-octubre, 2014.