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martes, 23 de junio de 2015

"Del azafrán al lirio", teatro en formas que perduran

Por Vivian Martínez Tabares
Tomado de www.cubarte.cu

Del azafrán al lirio, la exposición personal de Jesús Ruiz, que recorre su diseño teatral y más, fue inaugurada el pasado 3 de junio en la Galería Raúl Oliva, del Centro Cultural Bertolt Brecht, y permanece abierta con un enorme atractivo para los amantes del teatro y de la belleza de las formas en general.

El título, tomado de un verso de un poema de Emilio Ballagas, resume de manera simpática y a la vez subversiva del sentido que ha asumido comúnmente la frase, para exaltar la condición abarcadora de lo expuesto, que revela la versatilidad del artista. A un año de la muerte de Jesús Ruíz, sus discípulos y colegas de la Galería Raúl Oliva, que es parte del Centro de Estudios del Diseño Escénico, organizaron esta muestra personal como el mejor modo de rendir tributo al diseñador, gestor y animador él mismo por siete años de ambas instituciones especializadas de la escena cubana.

Jesús fue diseñador teatral y danzario por cinco décadas, creó imágenes escenográficas y de vestuario, y concibió títeres de diversas técnicas para muchísimos montajes, a través de la labor con agrupaciones como Teatro Estudio, el Teatro Nacional de Guiñol, el Grupo Jorge Anckermann, el Teatro Juvenil de La Habana, la Compañía Rita Montaner, el Teatro Experimental de Santa Clara y Mephisto Teatro, entre otras. Fue el responsable de crear la más hermosa y adecuada imagen visual para puestas en escena de Vicente Revuelta, Abelardo Estorino, Modesto Centeno, Roberto Fernández, Tony Díaz, Pepe Santos y Fernando Sáez, entre otros.

Su talento plástico también se puso en función de crear para el Ballet Nacional de Cuba y la Ópera Nacional de Cuba. Se adentró en el diseño cinematográfico y así trabajó al lado de Tomás Gutiérrez Alea, en filmes como Una pelea cubana contra los demonios, La última cena y Los sobrevivientes, y en una ocasión con Fernando Birri. Incursionó en la televisión, para la cual creó el universo mágico de una miniserie infantil. Y construyó una notable obra escultórica, que enriqueció objetos utilitarios desde un elevado concepto de lo bello para enaltecer la vida cotidiana.

Con curaduría de Geanny García Delgado y Johana Ruiz, Del azafrán al lirio abarca bocetos de diseño y realizaciones, fotos, maquetas y planos de cada una de esas facetas del gran diseñador, intelectual y humanista que fuera Jesús Ruiz.

Formado en la Escuela de Instructores de Arte en los años 60, luego al lado del magisterio de Rubén Vigón, su carrera de investigación y creación nunca se detuvo. Participó y fue curador de la Cuatrienal de Praga, un evento emblemático del diseño teatral; enseñó y condujo el Departamento de Diseño Escénico en el Instituto Superior de Arte, y sus últimos quince años estuvieron consagrados a la investigación, desde el Centro de Estudios del Diseño Escénico y la Galería Raúl Oliva, para la cual curó y organizó dieciocho exposiciones de gran valor.
La muestra se abre con un panorama fotográfico y de bocetos dedicados a las esculturas, muchas de las cuales se encuentran expuestas en distintas instalaciones turísticas del país y de su natal provincia de Matanzas. Resaltan los trabajos en madera y las formas voluptuosas que recrean referentes del paisaje cubano.

El suelo todo se ha cubierto de un lienzo blanco y dejaremos atrás los zapatos para transitarlo con la limpieza de los trazos del maestro.

Apenas un giro mínimo a la derecha, y de golpe, en la pequeña curva de la entrada de la Galería Raúl Oliva, damos con la mesa de trabajo de Jesús, minimalista, limpia y austera, junto a la cual están colocados, como corresponde, algunos instrumentos del trabajo cotidiano. Una tablilla al frente, al alcance de la vista y de las manos, deja ver tres libros evidentemente manoseados: La Biblia y dos tomos de poesía, uno de Pablo Neruda, y el otro, una compilación de poetas españoles del siglo XX. Sobre ellos, un collage de fotos prodiga al artista rodeado de sus amigos, de notables figuras de la cultura y el arte, de sus discípulos y sus seres queridos.

De ahí en adelante, nos deslumbrará en la pared el recuento exhaustivo de la obra visual de Jesús para los escenarios: una larga lista de trabajos que alcanza los 220 montajes y exposiciones. Y casi al lado, los diseños coloridos y sobrios de los muñecos de Viajemos por el mundo de los cuentos se completan con los títeres que llegaron a ser, cubiertos por la pátina de la faena teatral, al haber sido animados por los artistas. Los bocetos de la puesta del Milanés de Estorino, que ensayara y nunca concluyera Vicente Revuelta, revelan en los tonos sepia la angustia de la creación que atormentó al poeta matancero del XIX, tanto como la del dramaturgo que lo recreó, obsesivamente, y el director que no logró encontrar el modo de no traicionar su vocación experimentalista, fuera de la sala de ensayo.

Seduce la artesanía primorosa del traje en lienzo teñido, tul y caracoles para el personaje de Doña Cristina Moneda en el montaje de Gerardo Fulleda Léon a partir de su obra Provinciana. O la majestad sobrecogedora del atuendo para la Reina Isabel, de Contradanza, de Tony Díaz, en tela negra trabajada con piel de color natural y perlas de diferentes tamaños.

Así mismo fascina la energía y el movimiento contenido en la maqueta del escenario circular para Peer Gynt, de Ibsen, como un ruedo, un tribunal o una valla de tensiones, creada para el montaje del Grupo Los Doce, ceremonia para iniciados que marcó el experimento de un proyecto fugaz y legendario. O la riqueza minuciosa del trabajo en madera con adorno en filigrana para la miniserie El escaparate de Patricia.

Impone la capacidad de leer el juego de poderes e intereses con que el artista concibiera la escenografía para El Conde Alarcos, esa joya de nuestro teatro del siglo XIX, llevada a escena por Armando Suárez del Villar con un brillante elenco de actores y actrices de Teatro Estudio, en 1975. Y la sensibilidad para elegir en el vestuario de la representación un colorido que va del rojo sangre al verde profundo en función de retratar las pasiones del orden avasallador a que están sometidos sus personajes.

Transitando el espacio, pueden verse de cerca títeres de puestas en escena para niños de Roberto Fernández —uno de sus directores más frecuentados—, como Pluff el fantasmita, El ratón poeta, El flautista de Hamelin y otros muñecos originales que forman parte del acervo del Museo de Títeres El Arca.

Como afirma Luis Enrique Valdés Duarte en las palabras del catálogo —y hay que decir que también es un hermoso objeto—, la vida y la obra de Jesús Ruíz estuvieron signadas por la poesía y el amor. Con ellos, apresó en formas la fugacidad del teatro para que no nos lo perdiéramos del todo. Marcó su paso y su sello, irradió luz e iluminó los anhelos de artistas y espectadores.

Su Galería, su Centro y sus compañeros y amigos han organizado, para él y para nosotros, la mejor manera de recordar y revivir su enorme obra.
Hasta el 30 de septiembre permanecerá abierta Del azafrán al lirio, y es un viaje al teatro cubano como para no perdérselo.

miércoles, 6 de mayo de 2015

Presente e historia de la escena latinoamericana en imágenes gráficas

Por Vivian Martínez Tabares
Tomado de www.cubarte.cu

 La Casa de las Américas atesora la Colección Arte de Nuestra América Haydée Santamaría, que reúne miles de obras de artes visuales de todos los géneros, recibidas como donativo de parte de sus artistas. Parte de esta colección la ocupa la gráfica, y es habitual que las paredes de toda la institución sirvan de galería abierta que exhibe ese valioso patrimonio. Desde mayo del año pasado, cuando fue inaugurada en vísperas de la Temporada de Teatro Latinoamericano y Caribeño Mayo Teatral 2014, y hasta mediados de este mes de mayo, una valiosa muestra de carteles de teatro latinoamericano está al alcance del público, y merece un comentario aún a tiempo.

Un ala del vestíbulo de la Casa recibe a los visitantes con una serie de carteles con las imágenes de varios festivales de teatro, como se sabe, importantes citas de encuentro y confrontación, y pueden verse varios de entre los que se celebran en este lado del mundo y algunos de vida efímera, pero significativa. Están representados los de importantes plazas: la segunda edición del Iberoamericano de Teatro de Bogotá en 1990, y su contraparte, en papel amarillo modesto, pero con vigoroso contenido en su cartelera, el Festival de Teatro Alternativo que organiza la Corporación Colombiana de Teatro con su explosión de opciones, así como el Festival del Mercosur, celebrado en Argentina. También pueden verse algunos históricos, como el que recoge los ciclos de Teatro Abierto en Buenos Aires, en este caso el de 1983, recién caída la dictadura militar, con un lema al pie que da cuenta del contenido del evento cuando reza “Por un teatro popular sin censura”, y el del Teatrazo 85, de ese año, con diseño de Roberto Fontanarrosa, y un bajante no menos elocuente: “En defensa de la democracia, por la liberación nacional y la unidad latinoamericana”. Y el 1er. Festival de Teatro Popular Latinoamericano que se celebró en Nueva York en el verano de 1976, organizado por el New York Shakespeare Festival.

En una pared hay una secuencia de cinco ediciones del Festival de Teatro de La Habana, fundado en 1980. Entre ellos, puede verse el que recrea una obra de Mariano Rodríguez con una multitud de figuras que evoca a los espectadores que acuden en busca de los mundos que la escena crea para ellos, y otro de Roberto Fabelo que evoca la condición de fingidor del actor de la que hablaba Pessoa, como un ser mutante que en el cartel se representa por medio de una superposición de máscaras que hace imposible distinguir el rostro real.

Los carteles teatrales también se detienen en la obra de grupos emblemáticos, al construir series que hablan de sus repertorios y despliegan, en las imágenes, metáforas de sus propios lenguajes expresivos. Así, están los afiches del Teatro Experimental de Cali, el grupo que fundara e impulsara un maestro como Enrique Buenaventura, con muestras de las puestas en escena de A la diestra de Dios padre, Ópera bufa, y Pedro, el capitán, y yo, esta última basada en el texto de Mario Benedetti. Los del Teatro La Candelaria, con El Quijote y Golpe de suerte, dos puestas notables de Santiago García; El Galpón, de Uruguay, con otros dos montajes a partir de textos clásicos: Pluto, de Aristófanes y el Tartufo, de Moliere, representativos de una de las líneas expresivas de esta agrupación, que debió trabajar en el exilio mexicano durante la dictadura militar que asoló su país; el Libre Teatro Libre, de Argentina, con un cartel de conmemoración; el grupo peruano Yuyachkani con Sin título y El último ensayo, dos puestas experimentales de la época más reciente del colectivo; el Teatro Malayerba, del Ecuador, con la tríada que componen una imagen de presentación del grupo, junto a la puesta de Francisco Cariamanga —curiosamente, una puesta en vías de rescate y remontaje en estos tiempos—, y el espectáculo para niños Dido la pido la po, y el emblemático grupo chileno ICTUS con Residencia en las nubes.

Además hay una representación del trabajo del Teatro Latinoamericano Sandino en Suecia, un grupo —el más antiguo de su tipo, fundado en 1979 por el chileno Igor Cantillana— integrado por exiliados políticos, con las imágenes promocionales de puestas del Tartufo, de Moliere, y del Romeo y Julieta que versionara Pablo Neruda.

Aparecen asimismo en el relato curatorial y museográfico de esta muestra —a cargo de la Dirección de Artes Plásticas de la Casa, con la colaboración de la Dirección de Teatro—, los cruces entre obras de la dramaturgia de un país que atraviesan el mar o el espacio continental para ser revividas en la escena desde otras latitudes: así, La noche de los asesinos, del cubano Pepe Triana, es representada por el grupo nicaragüense Justo Rufino Garay en Managua; aparece Variaciones para muertos en percusión, del chileno Jorge Díaz, en su estreno cubano, representada por la Compañía Rita Montaner, en fecha tan lejana como abril de 1966, y algunas más en esta cuerda.

La muestra también documenta diversas puestas en escena de un mismo texto y confronta de ese modo diferentes miradas gráficas en relación con sus aproximaciones desde la escena, por medio de los carteles de los montajes de Medea sueña Corinto por la Compañía Hubert de Blanck y el Teatro del Puerto, o de El inspector, de Gogol, por un grupo de Nicaragua y otro argentino. Y hay carteles que dejan su testimonio gráfico de puestas de la escena clásica universal por colectivos de nuestra región, como las obras de Shakespeare Macbeth y El rey Lear, montadas por Berta Martínez con Teatro Estudio y Carlos Díaz con Teatro El Público, respectivamente, o Las tres hermanas, de Chejov, a través de la mirada contemporánea de Inda Ledesma desde el Teatro General San Martín.

Aparte de los ya mencionados, muchas imágenes dan cuenta de la labor de importantes autores y directores latinoamericanos, como el argentino Roberto Cossa, el cubano Abelardo Estorino, la chilena Isadora Aguirre, los puertorriqueños Pablo Cabrera y René Marqués, los mexicanos Emilio Carballido y David Olguín —con su cercano y excelente El tío Vania—, la argentina María Escudero y los brasileños Oduvaldo Vianha Filho y César Vieira. También aparece la danza con una muestra del trabajo del ecuatoriano Wilson Pico; representaciones de la escena indígena y de los latinos en los EE.UU., y una joya de la gráfica feminista con el afiche de la obra Vacío del costarricense Teatro Abya Yala, que tuvimos la oportunidad de disfrutar en Mayo Teatral 2012 como cabaret melancólico, lleno de referentes melódicos del imaginario musical latinoamericano.

Hay un ala de la segunda planta que está dedicada al teatro para los niños y al teatro callejero, caracterizada por una explosión de colorido y por formas caprichosas en las que abundan figuras elevadas sobre zancos. Allí aparecen El circo de los pasos, del grupo matancero El Mirón Cubano, Un día en perfecta paz, de Yuyachkani, la jornada de teatro de calle organizada por el emblemático Teatro Taller de Colombia y una puesta del Frente Infantil del Teatro Escambray.

Los créditos de los carteles se inician con los nombres de los artistas gráficos que los crearon. Y no son solo Mariano, Fabelo o Fontanarrosa las celebridades expuestas. Está también la obra del argentino Miguelángel Gasparini en un afiche de El fulgor argentino, y la del colombiano Pedro Alcántara con su visión de El Quijote pasado por la creación colectiva de La Candelaria, y una secuencia cubana a cargo de un diseñador de frecuente acompañamiento a la labor de los artistas de la escena de la Isla, Rolando de Oraá.

Si usted quiere recorrer una parte de la historia del teatro latinoamericano de la segunda mitad del siglo XX y más acá, y descubrir cómo las artes plásticas, con destacadas firmas, y la gráfica se dan la mano con la escena, lléguese por la Casa de las Américas antes del próximo 16 de mayo y transite por los espacios públicos, que le transportarán en el tiempo con muy sugerentes imágenes.