viernes, 27 de febrero de 2015

Tangos Cubanos: el beso simétrico de Billy Cowie

Por Andres D. Abreu
Tomado de www.lajiribilla.cu

Ellos besándose profunda y simétricamente, libidinosamente meneándose, moviéndose, bailando tal vez, danzando los campases de una música tanguera.  Tuvo que venir el inglés Billy Cowie, músico, poeta y coreógrafo, a sublimarnos ese beso contextual, callejero y cotidiano del siglo XXI en su coreografía Tangos Cubanos, estrenada sobre la escena del Teatro Mella con la compañía Danza Contemporánea de Cuba; poetizar con la frase precisa (dicha o danzada) esas maneras de seducir al otro, extraño incluso, y recrearnos con gentileza hasta tomándonos una cerveza clara, sin costumbrismos oportunistas ni falsos recatos. Cowie reencontró un modelo dinámico preciso para que el cuerpo danzario espectacular que no se desbordara y fuera fiel a cierta libertad informalista y obedeciera a su vez a esa uniformidad instituida en que se debate la identidad  del cubano actual, mucho más global aún sin salir a veces del más híspido entramado de la Isla.

Secuencia a secuencia entre un texto dulcemente rotundo, casi erótico en un pronunciar musical del castellano en off y proyectado en inglés sobre el fondo negro del escenario, Cowie coreografió una serie de combinaciones grupales muy geométricas donde la reiteración exacta devino algoritmo de provocación al rigor. Menos programático sobre todo en los duetos, el artista británico fue refiriendo verosímiles experiencias vivenciales habaneras, duras y nostálgicas, amorosas y soeces, bien salpicadas como gráfica impresa sobre el vestuario y reforzada a plenitud en esos dibujos  expresionistas proyectados a todo ancho de escenografía. La danza fue narrando tensa y dramática, más moderna que contemporánea como un tango, concreta en cierto modo, contenida y hasta reprimida en instantes, coral, sensual,  mundana para hablar de hambres, y hasta enternecida también, fruto de un romanticismo inglés evidentemente trastocado por esas historias de amor que en  La Habana de hoy están más que nunca marcadas para un final no feliz.

Tangos cubanos es una respetabilísima creación intercultural, la evidencia de una sensibilidad caballerosa a la hora de dar y tomar del otro. Una pieza para recordar el buen hacer sintético y depurado y recordarnos el hondo ser que portamos más allá de cualquier frontera social. Es este el tercer tango de Billy (antes coreografió Tango de Soledad como un pieza en 3D y Tango Brasilero como una videodanza) y en la noche de su estreno en el Teatro Mella no sé debió bailar ninguna otra cosa después que ella multiplicada volviera la espalda sin mirar atrás mientras que los cinco él se dispusieran a volar.

viernes, 20 de febrero de 2015

El musical Rent en Cuba




Por Marilyn Garbey
Tomado de www.habanaradio.cu

A fines del pasado año se estrenó Rent, un espectáculo musical que llegó a Cuba precedido de la fama de haber obtenido Premios Pulitzer y Tony. Se anunciaba como “la primera auténtica producción de Broadway en La Habana” y, desde diciembre hasta hoy, se mantiene a teatro lleno en el Centro Cultura Bertolt Brecht de la calle Línea, en el Vedado.

Lo primero que debo saludar es la presentación de una obra de esa magnitud, aplaudida en casi todo el mundo desde que se estrenó en New York, en abril de 1996. Lo segundo es subrayar la importancia de la colaboración entre la industria del entretenimiento de Broadway y el movimiento teatral cubano. Ambas tradiciones teatrales han encontrado un espacio para el diálogo del cual saldrán enriquecidas todas las partes involucradas.

Rent, de la autoría de Jonathan Larson, transcurre en el New York de los años 90 y es protagonizada por un grupo de jóvenes, artistas y bohemios, quienes luchan por la vida y el amor en un mundo en el que el SIDA se instala como enfermedad mortal. La puesta en escena realizada en La Habana, bajo la firma de Andy Señor, Jr, tiene la peculiaridad de ser asumida por actores y músicos cubanos, quienes en su inmensa mayoría son egresados del sistema de enseñanza artística del país, lo cual indica que hay entre nosotros inmensas posibilidades para que el teatro musical renazca en la isla de la música, donde casi todo el mundo baila.

Entre las virtudes del montaje está el haber reunido tanto talento. Voces extraordinarias como las de Suraymi Milián y actrices como Yaité Ruiz y Janet Pérez. Entre los desaciertos la escenografía, que peca por abigarrada, y deja escaso margen para el desplazamiento de los actores. Añado el sonido, tan descuidado que con frecuencia lastra escenas porque apenas se comprenden los textos de las canciones.

Hay otro detalle que debiera revisarse y es el ritmo trepidante que va de principio a fin, impidiendo que los intérpretes maticen textos, modulen intenciones, compartan emociones. A veces se pierde el hilo argumental y se asiste a una interminable sucesión de piezas musicales.

Hacer teatro musical exige recursos de muchos tipos. Rent, como antes en esa misma sala lo hizo Tony Díaz con Mefisto Teatro, ha confirmado que el talento artístico para esos fines abunda por estos lares. Para que el impulso recibido ahora alcance frutos habrá que estimular a guionistas y músicos a crear para el género, y habrá que gestionar el financiamiento necesario para costear el empeño.

Desde su estreno y en sus presentaciones alrededor del mundo, Rent ha sido una apuesta por la vida. Su versión cubana ha seguido esa línea de pensamiento, por eso agrada ver tanta gente joven entre los espectadores, dispuestos a compenetrarse con lo que ocurre en escena, a aplaudir al intérprete con el que se identifican o a la situación que reconocen como parte de su universo. Eso confirma que también hay un público dispuesto a seguir el teatro musical hecho en Cuba.

lunes, 9 de febrero de 2015

Del imaginario estadounidense en la escena cubana

Por Vivian Martínez Tabares

I

La experiencia como espectadora frente a Locos de amor, el más reciente estreno de Argos Teatro, me ha hecho pensar la presencia del teatro estadounidense en Cuba y las perspectivas que debería abrir el proceso anunciado el pasado 17 de diciembre.

Foto de la autora
Las largamente interrumpidas relaciones entre Cuba y los Estados Unidos impactaron los vínculos culturales entre los teatros de los dos países, que han crecido en paralelo y prácticamente sin contactos. A pesar de la creciente presencia de grupos cubanos en los escenarios del país vecino del norte, la sólida dramaturgia estadounidense que podemos referenciar aquí sigue siendo, sobre todo, la de los autores emblemáticos del realismo psicológico, cuya obra principal se escribió, en su mayor parte, hasta mediados del siglo XX. Hablo de Eugene O’Neill, Thornton Wilder, Tennessee Williams, Arthur Miller y Edward Albee, entre otros.

Frecuentes en las carteleras de los años 50, directores como Ramón Valenzuela, Erick Santamaría, Julio Matas, Andrés Castro, Paco Alfonso, Ramón Antonio Crusellas, Francisco Morín y Vicente Revuelta llevaron a escena piezas de esa dramaturgia, con montajes de Todos eran mis hijos, Un tranvía llamado Deseo, La gata sobre el tejado de zinc caliente, Las brujas de Salem, La oscuridad al final de la escalera, Panorama desde el puente y La muerte de un viajante, junto con obras menores, en un amplio espectro: del teatro de arte a comedias de corte más ligero y comercial. Se cuenta que Modesto Centeno cada año viajaba a Nueva York en busca de novedades y traía consigo una suerte de “libros modelo” de las puestas en boga.

Teatro Estudio, por tres décadas referente para toda la escena cubana, se había fundado en 1958 precisamente con el montaje de Viaje de un largo día hacia la noche, de O’Neill, a cargo de Vicente Revuelta; Sergio Corrieri montaba Recuerdo de dos lunes, de Miller, en el 61, y el gran director y maestro fundador del colectivo Mundo de cristal, de Williams, en ese mismo año.

El cine de Hollywood también estimuló este conocimiento al exhibirse ante los espectadores cubanos versiones fílmicas de ¿Quién le teme a Virginia Wolf? y Un tranvía llamado Deseo, entre otras, reveladoras de complejos conflictos psicológicos tratados con singular realismo y notables interpretaciones tras la pauta del Actor’Studio, que se erigían en modelos para muchos actores.

II

A lo largo de cinco décadas de teatro en la Revolución varios directores volvieron sobre esa dramaturgia, de sólida factura y complejos caracteres, lo que la hace muy atractiva para artistas y público.

Entre diversas aproximaciones, destacaron las de Vicente Revuelta con El cuento del zoológico, de Albee, en 1964, que retomaría en un Taller de Teatro Estudio veinte años más tarde junto con Antes del desayuno, de O’Neill; Nelson Dorr a El muchacho de oro, de Clifford Odets, con el Centro Dramático de Las Villas, en 1967; de Rolando Ferrer a ¿Quién le teme a Virginia Woolf? , de Albee, el mismo año, con el Grupo La Rueda y Verónica Lynn en el rol protagónico; Gilda Hernández a Las brujas de Salem de Miller, con el Taller Dramático, en el 68, y Lillian Llerena como centro; en 1979 Vicente Revuelta recreaba El precio, de Miller, y bajó un poco la marea hasta que Carlos Díaz decidiera en 1989 fundar su Teatro El Público con la afamada trilogía de teatro norteamericano, integrada por Té y simpatía, Zoológico de cristal y Un tranvía llamado Deseo.

Hace poco, en este mismo espacio, comentábamos el retorno de Miller a los escenarios de la Isla con el montaje de Panorama desde el puente, por Vital Teatro.

Pero hemos estado ajenos al devenir del teatro estadounidense actual, a la herencia reciente de aquel teatro y a otras fórmulas experimentales, más allá de los ecos que nos llegan de sonados éxitos de Broadway, como Cats, El fantasma de la ópera, Chicago, y otros, creados para una fórmula de espectáculo comercial, con alta exigencia formal, y comúnmente reproducidos miméticamente en otros contextos latinoamericanos como remedos disminuidos, e incluso en el nuestro, con un empeño reciente como Rent, de Jonathan Larson, en coproducción con parte del equipo original, en el cual lo más notable a mi juicio es el fogueo al que somete a un conjunto de jóvenes intérpretes de diversas formaciones profesionales, pero donde el resultado artístico se aprecia desbalanceado y empobrecido en relación con las altas exigencias del género.

Foto de la autora
También, en fecha cercana prácticamente han coincidido en la escena habanera dramaturgos de los Estados Unidos poco conocidos en esa faceta para los espectadores: como Woody Allen, David Mamet, Eve Ensler –aunque su Monólogos de la vagina ya se había visto en 2002 montada por Jorge Ferrera–, pues cada uno de ellos ha tenido al menos una puesta en escena, a cargo de Alexis Díaz de Villegas, Nelson Dorr y Osvaldo Doimeadiós, este último al rescribir el texto de Ensler en búsqueda conjunta con Mujeres Fuente de Creación. Me pregunto si esta pequeña “explosión” de dramaturgia estadounidense se trata de una pura coincidencia o es resultado del singular olfato con que muchas veces el arte, y el teatro en especial, suelen captar estados de cosas en la sociedad, pues, curiosamente, todas fueron concebidas y gestadas antes del 17 de diciembre.

No obstante, seguimos ajenos al quehacer de Tony Kushner, el brillante autor de Ángeles en América y de adaptaciones de Shakespeare, Brecht, y de Viudas, de y con Ariel Dorfman; a la obra performativa de Anne Deavere Smith, con sus sorprendentes recreaciones de discursos extraídos de la realidad de políticos, migrantes y desposeídos, con fuerte acento social, en un nuevo giro de teatro testimonio; a la creación de Giannina Braschi y de la desaparecida dramaturga cubanoamericana Dolores Prida, entre otros.

Hay que hacer la salvedad de que ya antes Carlos Celdrán y Argos representaron a la cubanoamericana María Irene Fornés con Fango, en 2008; Lisi Díaz y Teatro Rumbo en Pinar del Río a Cualquier otro lugar menos este, de Caridad Svich, en el mismo año, y Carlos Díaz y El Público lanzaron aquí al cubano-estadounidense Nilo Cruz, Pulitzer 2003, con Ana en el Trópico, en 2013. Pero ¿cuántos nos quedan por “descubrir”, estudiar, editar y representar?

El restablecimiento de relaciones con los Estados Unidos debería traernos lo mejor de la creación teatral de ese país, mucho del cual está fuera –y lejos– de las brillantes marquesinas de Broadway.

III

En esa cuerda, dos directores noveles del grupo Argos Teatro, Yeandro Tamayo y Yailín Coppola, emprendieron la aventura de versionar y subir a escena la pieza Locos de amor, de Sam Shepard, ahora mismo en cartelera en la sede del grupo.

Sam Shepard es uno de los grandes autores contemporáneos del teatro en los Estados Unidos, también actor y guionista de cine. Nacido en 1943, desde sus primeras obras, creadas en los años 60, se le considera heredero de los grandes autores de su país y en los años 80 fue el autor más representado después de Tennessee Williams.

Gran admirador de Beckett, después de haber sido mozo de cuadra y de aspirar a convertirse en veterinario, se unió a un grupo de teatro ambulante llamado Bishop's Company Repertory Players. Su debut como autor teatral, la faceta más relevante de su carrera, se produjo en 1964, y al cumplir 30 años, ya tenía 30 obras estrenadas.

Es conocido por el público como guionista y actor en películas como Elegidos para la gloria, Magnolias de acero, El informe Pelícano y París, Texas –ganadora de la Palma de Oro del Festival Internacional de Cine de Cannes de 1984, y cuyo guion escribió a partir de un encargo de Wim Wenders e inspirada en su libro Crónicas de motel.

Es frecuente que la dramaturgia de Shepard, fruto de la contracultura de los años 60, debata complejos problemas de la sociedad capitalista moderna, como la alienación del individuo y los contradictorios efectos de las relaciones familiares.

Locos de amor fue escrita en 1983. En el argumento, dos amantes destructivos y desesperados, atrapados por necesidades que los atraen y separan a la vez, entre recuerdos y sueños ofrecen múltiples versiones para una cruel historia de amor. Como en todas las historias de Shepard, no hay héroes sino personajes ambiguos que forcejean entre pasados imaginarios y duras realidades. Seres en busca de su identidad y en franca tensión con el otro.

Ya Yailín Coppola había trabajado esta obra en un trabajo de clase con sus alumnos de la Escuela Nacional de Teatro, y Yeandro Tamayo tenía como antecedente su trabajo con Edith Obregón al frente de la puesta de Derrota, del español Raúl Dans. Juntos, decidieron emprender un proyecto profesional con actores de su colectivo. Caleb Casas y Rachel Pastor fue la pareja elegida para debatir acerca del amor, secundada por Waldo Franco y Leandro Cáceres. El eje de Locos de amor es el tormento de un amor que se convierte en imposible, fruto de secretos y turbias relaciones compartidas.

Carlos Celdrán, director del colectivo y asesor de la puesta, comenta cómo “es la primera vez en Argos Teatro que una historia oscurece el entorno social para solo hablar del ser, del destierro del ser que ama”. Y es que aquí la preocupación cívica común al discurso de este grupo se ha tornado ontológica.

La puesta en escena elige un espacio rectangular y austero para recrear el cuarto de María, con apenas una cama al centro, una butaca y un tocador. Y una puerta a través de la cual se vislumbran señales del exterior. Elementos semejantes a los de una puesta previa del grupo como Fíchenla, si pueden, pero en otra trama estilística. La visualidad y el cromatismo, con diseños del equipo y colaboración en el vestuario de Vladimir Cuenca, y luces de Manolo Garriga, recuerdan el desolado ambiente de los cuadros de Edward Hopper, con su insistencia en los personajes solitarios. La habitación del mugroso motel de carretera del original se convierte aquí en humilde vivienda en algún cruce de la periferia. Los espectadores nos ubicamos a ambos lados de la acción, muy cerca de los actores y sentimos el efecto de sus acciones y reacciones casi físicamente.

Foto de la autora
María y Eduardo se aman, se desean, pero a la vez se repelen, por una inexplicable necesidad de ser, a la vez, otros. Él ha escapado muchas veces con otras mujeres y ella no quiere creerle, pero al mismo tiempo lo necesita. Ha planeado salir con otro hombre, cuando él irrumpe intempestivamente en la casa para llevársela consigo. El forcejeo, que se complica con la llegada del otro hombre, termina en revelaciones vergonzosas de las que son víctimas, mientras la aparición intermitente y desde otra dimensión del Viejo, narra fragmentos del pasado que completan parte del espejo roto que han sido sus vidas.

La lectura de los jóvenes directores de Argos acerca la acción al aquí y ahora al borrar referentes geográficos, pero no se preocupa por el contexto o por crear un puente con lo real de nuestro entorno. La existencia cruel de un amor que enloquece, signado por patologías y como consecuencia de comportamientos erráticos es el centro, en un intercambio duro y tenso, que compromete la acción y la palabra, y en el que no falta algún destello de humor. Los actores se entregan en cuerpo y mente y nos transportan con ellos en busca de pistas y razones.

Me gustaría haber encontrado un trabajo mayor en función de ciertas diferencias en el lenguaje entre los dos protagonistas, para hacerlo más individualizado y útil en la caracterización y un elemento más en las tensiones entre ambos, para que resultaran menos comunes en su norma vulgar, quizás demasiado abusada para ella.

Como Vaginas, que desalmidonó de academicismos y feminismos radicales al original, en un trabajo aún en proceso lleno de referentes, intercambio lúdico y humor cubano, Locos de amor me parece un buen modo de acercarnos a la escena estadounidense contemporánea, con sencillez, autenticidad y hondura.


miércoles, 21 de enero de 2015

Entregan Premios Villanueva 2014

Texto y Fotos: Abel Rojas Barallobre
Tomado de www.radiorebelde.cu


El Premio Villanueva 2014 fue entregado este martes en la sala Rubén Martínez Villena de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), como parte de las Jornadas Villanueva y en saludo al Día del Teatro Cubano, a celebrarse el este próximo 22 de enero.

Organizado por la Sección de Crítica e Investigación Teatral de la Asociación de Artistas Escénicos de la UNEAC, junto a la revista Tablas y el Centro Cubano de la Asociación Internacional de Críticos Teatrales, el presente galardón reconoce a los mejores espectáculos de teatro y danza presentados durante el pasado año; cuya característica principal recae en su papel renovador y promisorio de nuestro panorama, en relación con su público y el ámbito de la cultura de la nación.

Entre las obras reconocidas se encuentran El tío Vania, del grupo Argos Teatro, con dirección de Carlos Celdrán, y El irrepresentable paseo de Buster Keaton, de Teatro de las Estaciones, con puesta en escena de Rubén Darío Salazar; así como a la pieza Posible Imposible, coproducida entre la compañía Memory Wax, de Suecia, y Danza Teatro Retazos, de Cuba, con coreografía de Miguel Azcue. Igualmente les fue conferido el Premio, en el apartado de teatro de figuras y para niños y jóvenes, a las obras La muchachita del mar, del Teatro de Títeres Retablos, con dirección de Christian Medina; Gris, de Teatro Tuyo, con puesta en escena de Ernesto Parra; y Cuento de amor en un barrio barroco, también de Teatro de las Estaciones y dirección de Salazar.

Entre las obras extranjeras destacaron Soma- Mnemosine, de Teatro La Candelaria, de Colombia, con puesta en escena de Patricia Ariza; Lorca-Aleluya Erótica, del colectivo XPTO de Brasil, bajo la dirección de Oswaldo Gabrieli; y Hamlet, de Teatro El Globo, del Reino Unido, con la dirección de Dominic Dromgoole. También se alzaron con el galardón las piezas Sombrerísimo, del Ballet Hispánico de New York, de los Estados Unidos, una coreografía de Anabell López Ochoa; y Tango, del Ballet Estable del Teatro Colón, de Argentina, con coreografía de Lidia Segni.

El acto de premiación contó con la presencia del Presidente de la UNEAC, Miguel Barnet; así como algunos embajadores y representantes del cuerpo diplomático acreditado en Cuba.








viernes, 16 de enero de 2015

Anabelle López Ochoa: He mezclado mi energía con la de los bailarines

Por Marilyn Garbey
Tomado de  www.lajiribilla.cu

La coreógrafa Annabelle López Ocha estrenó Reversible, con Danza Contemporánea de Cuba, una obra donde hombres y mujeres desbordan sensualidad para conquistarse. Aquí revela detalles del proceso de montaje.

¿Qué caminos te trajeron a Cuba?

Empecé a bailar a los ocho años y me fui, a los 11, a una escuela profesional para ser bailarina. Allí descubrí la coreografía, supe que quería ser coreógrafa y no bailarina, pero tuve que tener paciencia. Bailé por 12 años en cuatro compañías del mundo, desde los 18 hasta los 30, en que decidí hacer vida de coreógrafa, que es muy insegura, no decides quién te invita a trabajar, alguien decide si tienes un poco de talento. Mi carrera de coreógrafa se desarrolló primero en Holanda, el país donde vivo, y luego de dos o tres años de trabajo allí empecé a  ser conocida internacionalmente. Mi padre es colombiano y mi madre es belga, crecí en francés y mi lengua de trabajo es el inglés, el país donde vivo habla belga, mi sueño era aprender el español.
Hace tres años me invitaron a visitar Colombia, me encantó ir a hacer una coreografía a un país latinoamericano, también iba a acercarme a mis raíces. Desde ese momento, cada vez que me invitan a trabajar a un país latinoamericano digo que sí. Así fue el encuentro con Cuba. Gané un premio en Londres, con Un tranvía llamado deseo, en 2012. Los amigos británicos del Ballet Nacional de Cuba me peguntaron si querría venir a Cuba a trabajar con ellos y dije sí, para aprender español. Nunca imaginé venir a Cuba a trabajar con la compañía de Alicia Alonso. Con Danza Contemporánea de Cuba me encontré en el Festival de Ballet de Cali. Vi a la compañía y Miguel Iglesias, el director, vio dos trabajos míos. Todo fue muy rápido. En marzo no los conocía y ahora estoy aquí.

¿Por qué trabajas con compañías diferentes? ¿Por qué no formas tu propia agrupación?

Lo que mueve mi imaginación, mi creatividad es el hecho de adaptarme a una situación, a una cultura, a un país, a gente que no conozco. Trabajar con desconocidos me obliga a ser muy pura en mis decisiones, me obliga a confiar en mi intuición, todos mis sentidos están abiertos para saber quiénes son. No sé si pudiera ser tan creativa trabajando solamente para una compañía. Me gusta sentirme en desequilibrio, prefiero no conocer la política interna de la compañía, no conocer a la gente con la que trabajo.

Has trabajado con la escuela cubana de ballet y con el estilo cubano de danza moderna

Tengo formación clásica pero nunca bailé en una compañía clásica, conozco mejor el lenguaje de la danza contemporánea, me siento más cómoda en ese idioma. El clásico es un estilo que yo no puedo desarrollar,  es muy lindo y muy puro, el contemporáneo es más humano, trabaja en el piso, es más animal. Son estilos distintos y tengo una apreciación distinta de cada uno, pero ya le dije: me gusta adaptarme cuando no conozco algo.

¿Llegaste con una idea preconcebida o te dejaste llevar por los bailarines?

Era la tercera vez que venía a Cuba. Había observado su cultura, lo que es posible observar en cuatro o cinco semanas, que no se aprende mucho. Me llamó la atención que se ostenta la feminidad, se ostenta la masculinidad, eso no ocurre en mi cultura, y quise hacer algo sobre el tema, que es universal, pero en Cuba siempre hay una lucha entre esos dos géneros, cada uno quiere seducir al otro. Observaba el cuerpo de la mujer y lo que se ve es la cadera, del hombre se nota más el torso. Pensé que si la mujer se ponía el pantalón podría mover mejor la cadera, y si el torso del hombre se desnudaba podría hablar mejor con su torso, podría llevar la falda sin ser femenino. Creo que Danza Contemporánea de Cuba podría traducir ese tema mejor que cualquier otra compañía.

¿Les propusiste un nuevo sistema de trabajo?

Yo usé el ritmo de trabajo que ellos tienen, que entrenan cada día  con ritmos afrocubanos y hacen giros muy acrobáticos, lo mezclé con mis gustos, mi manierismo, es una mezcla de su energía con la mía, espero que el público lo vea desde esa perspectiva. Soy coreógrafa femenina, soy un poco más dulce que otros, y hay un espacio en la obra para cosas más sensuales. Por eso quería hacer esto, que la voz femenina de una mujer se tradujera  por el grupo sin reducir  la creatividad de la mujer.

En la banda sonora hay mucha percusión

Me gustaba la idea de un ritual que hombres y mujeres ofrecen a Adán y Eva, de que latiera el peligro, eran como animales que se quieren, pero se repelen. Quería darle un  tono teatral con la bachata. Quería una música de mucha fuerza para el momento en que los grupos se mezclan y no hay mujer u hombre. Al final hay una guitarra de flamenco, se unen las almas y no hay más grupo. Si dejamos las diferencias de género y los egos todos seremos iguales. Así hice el viaje musical.

¿Qué queda de esta experiencia?

Estoy muy agradecida de la oportunidad que me han dado para trabajar con esta compañía, que tiene bailarines increíbles, con mucha energía, con mucha generosidad en cuanto a lo que te dan en el salón y en el escenario. Estoy muy agradecida.

La he visto corrigiendo detalles minutos antes del estreno. ¿Cuándo termina el proceso?


Nunca, ese trabajo continúa. Como persona estoy creciendo, estoy cambiando, así sucede con mi trabajo. Hice el trabajo en tres semanas, un tiempo muy corto, siempre habrá algo que corregir, que enmendar. Ya sé que no será perfecto, pero intento traducir el tema de la mejor manera. Nunca estoy lista, porque la opinión sobre mi obra también va cambiando.

Acto de entrega. Premios Villanueva 2014


miércoles, 14 de enero de 2015

Salve, Carlos, Premio Nacional de Teatro

Por Vivian Martínez Tabares

Carlos Díaz acaba de ser proclamado Premio Nacional de Teatro 2015 y, con esa decisión, la escena cubana toda está de fiesta. Por primera vez un artista de mi generación, que ya no es joven, alcanza este reconocimiento y el Premio así se crece, porque se sintoniza con la vida teatral más intensa, real y fructífera, más audaz y creativa de los últimos años. Y porque representa una acción legítima de jerarquización para un artista que ha protagonizado por derecho propio el último cuarto de siglo de la escena nacional, consagrado en alma, cuerpo y mente a su trabajo, al empeño infatigable de crear y construir lo nuevo. Día tras día, convierte el sudor y el tesón en belleza, en imágenes audaces, en exultación del mejor choteo cubano, en gesto de libertad suprema y catarsis colectiva.

Porque qué son, si no, una tras otra, las numerosas escalas de creación por las que ha transitado este hombre de teatro tenaz y laborioso, este paciente artesano, hoy con más de cuarenta montajes al frente del Teatro El Público, que creó a su imagen y semejanza un día ya lejano de 1989 y desde donde ha formado a varias promociones de actrices y actores, como guía seductor y cariñoso colega, siempre generoso y rebosante de entusiasmo.

Cuando Carlos Díaz emprendió su primera creación dentro del teatro profesional, la ya legendaria trilogía de teatro estadounidense, venía de persistentes empeños con Teatro Ensayo en su pueblo natal de Bejucal, antes y durante los estudios de Teatrología y Dramaturgia en el ISA, luego fue asistente y mil cosas más con Roberto Blanco en Teatro Irrumpe y en el Ballet Teatro de La Habana y colaborador de Danza Contemporánea de Cuba y DanzAbierta. Con la tríada de espectáculos a partir de Té y simpatía, Zoológico de cristal y Un tranvía llamado Deseo, develó tabúes y se rió, a carcajada limpia, de prácticas anquilosadas por la repetición vacua, y nos hizo reírnos con él y sacudir banderitas al aire en complicidad inusitada. Desde la Sala Covarrubias exaltó la belleza de los cuerpos, muchas veces desnudos, e integró actores de diversas generaciones y trayectorias para demostrar cómo era posible descubrir algo nuevo, provocativo y subyugante.

De Bejucal traía el bacilo del oficio junto con el desenfado fiestero de las Charangas, los destellos de oropel y el auténtico sabor popular. De las aulas del ISA y las clases de Rine Leal se inspiró para reeditar su propia rumba final para toda la compañía y para hurgar en la tradición y en sus iconos, para venerarlos a su manera, con citas y recreaciones en las que no ha faltado la parodia. La mezcla barroca se integró en sus manos con una impresionante galería de autores universales y de la Isla: Williams, Anderson, Genet, Shakespeare, Lorca, Chejov, Camus, Sastre, Giroudoux, Pirandello, Miller, Sartre, Fernando de Rojas, Racine, Fassbinder, Loher, Mrozek, Schnitzler, Nilo Cruz, y Virgilio Piñera, Abilio Estévez, Senel Paz, Adolfo Llauradó, Rogelio Orizondo, Héctor Quintero, o la explosiva fusión que puede resultar de combinar el poema “La isla en peso”, una banda sonora plena del filin de Elena Burke y la danza experimental, como hizo en las dos versiones de María Antonieta o la maldita circunstancia del agua por todos partes, un montaje que algún día debiera rescatar. Al final, en la escena todos son Carlos Díaz.

Y como él es pícaro y juguetón, y sabe bien lo que se trae entre manos cuando insiste en que “hay que cuidar el teatro” --como me repitió en una entrevista--, no dudo que hasta se ha empeñado en algunos desafíos irónicos, para demostrar cómo puede valerse de un autor y de una obra imperfecta o en apariencia ajena a sus intereses o a sus elecciones poéticas, y transformarla en objeto de culto o en éxito rotundo.

Siempre que traspongo el portal del palacio en el que Carlos Díaz reina, lo hago con una energía especial, con cierto salto en el estómago, con la inquieta ansiedad de que sé que pronto encontraré algo que alimente mi espíritu y que me sacuda las entrañas. Jamás he encontrado la sala vacía, y aunque en el Trianón siempre podemos intercambiar muchos colegas del oficio, también es común descubrir otros rostros, que llegan atraídos por el enorme cartel de la entrada o movilizados por el rumor que atraviesa boca a boca la ciudad comentando lo que está pasando ahí dentro. Jamás he salido indiferente de la sede del Teatro El Público, con independencia de que me haya gustado más o menos una propuesta. En Carlos, brillante director y dramaturgo de la escena, el resultado del trabajo esforzado se alía con el talento artístico y con el refinado gusto que ha ido educando en cada nuevo proceso de montaje. A partir de esa alquimia, sabe sacar lo mejor de cada artista y marcar con su sello cada elemento de la escena.

No pocas veces a la salida del Trianón me llevo conmigo emociones e imágenes perdurables, pasajes y situaciones que se quedan en la retina o se graban más adentro, en la memoria, y voy urdiendo un discurso reflexivo que no puede esperar para luego desde una urgente necesidad de comunicación. Porque la de Carlos es una creación que estimula el juicio, desata las palabras y sirve al ejercicio crítico como referente ineludible y reto a la expresión personal. Pero además nos obliga a repasar el pasado y volver a las fuentes, pues le encanta tomar de aquí y de allá en cumplida deuda con la tradición, y sublimarla a la vez que subvertirla. De ahí el ejercicio teatral y conceptual que entretiene y divierte a simple vista, pero que también insta al análisis crítico. Gracias a esos impulsos, acumulo con orgullo cuartillas en las que he pensado muchas de sus propuestas.

Por esos brillantes discursos ha merecido más de una docena de Premios Villanueva a los mejores espectáculos estrenados en el año, y otros tantos galardones en distintas lides. Por ese rigor es solicitado por instituciones y estudiantes a título individual –y una puesta en escena tan meritoria como Antigonón, un contingente épico fue nada menos que el fruto de un reclamo de esa naturaleza--, para que conduzca espectáculos de graduación o integre tribunales evaluativos. Porque cada maestro o alumno de teatro sabe que sea cual fuere el origen del trabajo, lo acogerá con el mismo entusiasmo y entrega.

Ahora mismo están en cartelera Los cuentos del Decamerón, y nos sorprende el desempeño integral de jóvenes recién egresados de la Escuela Nacional de Teatro, que actúan, cantan y bailan a la par que los artistas experimentados.

Son muchos los actores, consagrados y nuevos, y los creadores de todas las disciplinas de la escena, que Carlos consigue nuclear a su alrededor con seducción innata. Y ¿qué artista cubano al que aún no le ha tocado, no daría cualquier cosa por trabajar con él?

Carlos no desmaya… ni apenas descansa. No ha sido fruto de la casualidad que cuatro puestas suyas hayan coincidido en el tiempo, en derroche simultáneo al ocupar varios espacios de la calle Línea, ruta crítica y testigo de excepción de sus aventuras. Qué notable ejemplo para quienes se quejan de lo que les falta, languidecen de ocio o se repiten mordiéndose la cola.

Ahora mismo, este Premio tan merecido lo ha sorprendido aún metido en el fragor de su más reciente puesta: Joséphine, cérémonie pour actrices desespérées, de Abilio Estévez, estrenada hace tres días en el Théâtre de la Parfumerie, de Ginebra, por dos actrices cubanas residentes en Suiza.

Los premios son caricia y espuela. Este podrían merecerlo muchos teatristas, y los hay que hace años debieron tenerlo –pienso en Herminia Sánchez, Xiomara Palacio o Armando Morales--. Pero cuando los miembros del jurado: Verónica Lynn, Carlos Pérez Peña, Juan Piñera, René Fernández Santana y Osvaldo Doimeadiós se decidieron por Carlos Díaz, votaron por el presente y por el futuro del teatro.

Por eso me regocija tanto este homenaje. Por eso también, tan pronto Carlos regrese, le miraré a la cara para descubrir el brillo de sus ojos y, cuando le pregunté cómo se siente, de seguro hablará de su próximo montaje.